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Rutas y leyendas

La mítica 66, de Las Vegas al Gran Cañón, y la 1, de San Francisco a Los Angeles; dos tramos cargados de anécdotas, luces de neón, paisajes y aventura.

Rutas y leyendasNostalgia por un tiempo nunca vivido. Tal vez sea éste el extraño impulso que lleva a miles de estadounidenses a montar sus autos y motos para devorarse con aceleración las 2400 millas (3840 km) más famosas de América del Norte. La ruta 66 es un mito del siglo XX, y si bien con fines logísticos fue desplazada por un moderno sistema de autopistas, con fines turísticos hoy muchos tramos conservan el aspecto que tuvo en sus años dorados. La ruta aparece y desaparece a medida que atraviesa el país de Este a Oeste. Moteles, luces de neón y estaciones de servicio permanecen intactos en pueblos que existen por haber estado al borde de ese camino, ofreciendo amparo a los otrora aventureros viajantes que atravesaban el país a todo motor.

Para quienes vivimos lejos, sin el tiempo necesario para tomarnos 15 días y cruzar medio Estados Unidos, es bueno saber que se puede transitar una parte de la famosa ruta uniendo dos de los más importantes atractivos turísticos del oeste norteamericano: Las Vegas y el Gran Cañón del Colorado. Manejar esas 90 millas (144 km) es una buena forma de captar el espíritu nómada de la Route 66 y ver paisajes dignos de una road movie hollywoodense. Por un día, al menos, sintámonos James Dean y tomemos el volante. Bienvenidos a la Mother Road, como la apodó el escritor John Steinbeck en su novela Las uvas de la ira.

El camino empieza en Las Vegas, donde decimos adiós a los casinos, shows y hoteles de lujo para tomar la ruta 125 y luego la 93 en dirección a Boulder City. Una hora después pasamos por uno de los clásicos destinos turísticos del oeste estadounidense: el Hoover Dam, una enorme represa eléctrica en el Río Colorado, en la frontera entre Nevada y Arizona. La visita al Hoover Dam es uno de los clásicos tours que se ofrecen desde Las Vegas, una ciudad que consume buena parte de la energía eléctrica provista por la represa.

Falta poco para llegar a la 66. Antes hay que manejar una hora y media por la 93 hasta Kingman, que es una ciudad de paso, sin grandes atractivos hasta este año, cuando se inauguró el Grand Canyon Skywalk (ver aparte). Kingman es un buen lugar para comer algo y llenar el tanque. Desde acá se puede seguir por la autopista 93 y llegar al Cañón manejando rápido y tranquilo. Pero lo que interesa es la otra opción. No bien tomamos la 66, que en Kingman es una calle y luego se convierte en ruta, ya vemos los primeros moteles con enormes carteles luminosos que indican Vacancy (hay lugar), Colour TV y Non Smoking Room (habitaciones para no fumadores), como si todo eso resultara un argumento de venta válido en el siglo XXI. En la puerta de los moteles, bajo esos enormes carteles kitsch, no es inusual ver estacionados autos descapotables y Harley Davidson.

A medida que nos alejamos de la ciudad, la ruta 66 se convierte en una ruta doble mano, bien asfaltada y escoltada durante un largo trecho por las vías del ferrocarril. Para los que no tienen aversión a los lugares comunes, la recomendación es casi obvia: poner alguna de las tantas versiones de Get your kicks on Route 66, el clásico tema de Bobby Troup, interpretado por decenas de artistas, desde Nat King Cole y Chuck Berry hasta Pappo, que tradujo: “Andarás bien por la 66”.

Pero tenemos que frenar. Ahí está Hackberry. Hackberry es un pueblo. O era. O nunca lo fue. Su población no supera las 30 personas y nunca fue mayor a 200. Lo que convoca a los automovilistas y motoqueros a parar allí es el Hackberry General Store, un negocio al costado de la ruta que alguna vez funcionó como estación de servicio y hoy es un gift store, que funciona casi como un museo de la ruta. Se pueden conseguir todo tipo de souvenirs, que en realidad son similares a los que iremos encontrando más adelante, pero también hay objetos originales que no están a la venta, como máquinas expendedoras de Coca-Cola, banquetas, rocolas y cuadros de los años 50. El local está atendido por John Pritchard, un hombre cuyo aspecto es similar al del tío Jessy, aquel barbudo canoso amigo de los Duques de Hazzard. Afuera se conservan los expendores de nafta originales y un impecable Corvette rojo 56. A un costado, un taller mecánico con paredes de chapa se mantiene como hace un siglo. Afuera, esperando reparación, hay un viejo Ford T.

Casi de ficción

Y seguimos. Viene el tirón más largo. Para el que ama viajar en la ruta hasta el tramo más desértico es un paraíso. Las vías de tren nos abandonan, pero tenemos las montañas inalcanzables que juegan con las nubes en el horizonte. Y por momentos nos bordean campos amarillos de girasoles. El límite de velocidad dice 65 millas (104 km). Al costado aparecen cada tanto los famosos carteles de Burma Shave, una marca de crema de afeitar que se hizo famosa en los años 50 por publicitar sus productos con una serie de carteles colocados en fila, uno después del otro. Cada cartel tenía parte de una frase cómica o una oración sin sentido que terminaba con un último aviso que mostraba el logo de Bruma Shave. Este es el único tramo de la ruta que tiene este tipo de carteles, aunque originalmente nunca estuvieron allí.

Después de manejar unas dos horas, encontramos una excelente excusa para parar: un pueblo llamado Seligman. La ruta se ha convertido en una calle doble mano con casas, moteles y negocios a los costados. Bajamos del auto, estiramos las piernas y entramos en un bar. Se llama The Black Cat. Una canción country aturde. En medio del salón hay una mesa de pool, a un costado un tablero de dardos y al otro una barra, donde un tipo de bigotes con sombrero de cowboy toma una cerveza del pico de la botella. Miramos alrededor buscando las cámaras y el director, pero no: no es una película. Las atracciones de la ruta 66 tienen que ver con eso: ver en la realidad cosas que parecen de ficción. Hay otro bar en Seligman, The Snow Cap, famoso por sus excentricidades, desde el cartel de Closed (Cerrado) que se exhibe aún cuando el bar está abierto, pasando por un falso picaporte para entrar al local, hasta un mozo que tira mostaza a los clientes, que tardan un rato en darse cuenta de que es falsa y la mancha no existe.

Ya falta poco para llegar al Grand Canyon. Queda el último trecho que nos lleva hasta Williams, otro pueblo, más grande que Seligman, con una importante variedad de moteles y diners. Williams congrega turistas que llegan por dos motivos. Primero, los que recorren la ruta 66 que, en forma de calle, atraviesa el pueblo. Segundo, los que visitan el Cañón. Si bien lo ideal sería alojarse en los hoteles del Parque Nacional, a distancia caminable de las increíbles montañas y precipicios, lo cierto es que la hotelería allí es más costosa y requiere de una reserva con mucha anticipación. Williams, a poco más de una hora de auto, se convierte entonces en una buena alternativa para parar.

Igual que los demás pueblos por los que pasamos, Williams existe por y para la ruta 66. Mientras paseamos por las veredas silenciosas, vemos un cartel pegado a un poste de luz. Muestra la foto de un perro perdido y un número de teléfono. Estamos tan absortos por el paisaje y el lenguaje de la ruta, que casi no nos sorprende que el perro se llame Harley.

Por Claudio Weissfeld
Para LA NACION

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