Nadie puede poner en duda la capacidad oratoria de la Presidenta. Tampoco ciertas habilidades actorales y hasta histriónicas, capaces de conmover a su auditorio. Ayer, al hablar en José C. Paz, supo darle a su discurso matices de dramatismo que cosecharon el efecto esperado en quienes la escuchaban: el inmediato clamor popular por la reelección, la sensación de desamparo ante el abandono y el fastidio hacia los señalados elípticamente como potenciales culpables de un renunciamiento sólo imaginario.
Cristina Kirchner fue y sigue siendo un animal político, que convivió con la política desde joven y con la función pública desde hace 24 años, cuando su esposo accedió a la intendencia de Río Gallegos, hasta el día de hoy. Cada vez que insinúa la posibilidad de abandonar la alternativa de la reelección presidencial no hace más que confirmar que es la única candidata del oficialismo y que su suerte está echada.
Ni ella ni nadie en el núcleo duro del kirchnerismo trabajan en otra hipótesis para las elecciones de octubre ni preparan a algún postulante alternativo.
La novedad del discurso presidencial de ayer fue la creciente dureza con que fustigó al sindicalismo liderado por Hugo Moyano. No fue necesario que mencionara explícitamente al líder de la CGT para que todos supieran a quién aludía.
Algo tarde, la primera mandataria pareció descubrir las incomodidades de tener a Moyano como socio. Advirtió ahora que su apoyo resta más de lo que suma en capas medias urbanas del electorado, que se han convertido en la obsesión presidencial. Hasta pareció sugerir que con amigos como el dirigente camionero no necesita enemigos.
La repentina preocupación de Cristina Kirchner por el incremento de la conflictividad sindical y por el recalentamiento de la discusión salarial no es casual. Ambas cuestiones ponen en duda el país de las maravillas que describe la propaganda oficial.
Quizás haga falta en alguien que, como la Presidenta, asegura estar "cansada de las hipocresías" una dosis de autocrítica. Podría recordar que el desproporcionado poder de que goza hoy Moyano es producto de los innumerables favores que le hicieron su gobierno y el de su esposo. Fueron los Kirchner quienes fabricaron al monstruo. Pero la Presidenta sabe bien que, en campaña electoral, no hay espacio para la autocrítica.