Taxistas, los guías de los deseos más secretos del turista
Se convirtieron en verdaderos gurúes para los visitantes extranjeros que quieren algo más que ver el Obelisco. Cabarets, zonas rojas, restó-shows, hoteles y hasta casas de ropa les pagan para que les acerquen visitantes. Pueden hacer más de $ 400 por día “de propinas” sólo con la prostitución. El límite, dicen algunos, es cuando les piden drogas.
“Los chilenos y brasileños se vuelven locos en la zona roja. Las mujeres chilenas mueren por los travas, me piden que las lleve aun estando en pareja. Vienen, miran, gritan, eligen y yo, mientras espero. Después los llevo adonde quieran, pero nunca les aconsejo que se bajen”, explica Rubén, un avezado taxista con los ojos revueltos por el desfile de cuerpos brillantes y multi-coloridas cabelleras que circulan en el Rosedal. “Conozco todo en las calles”, coinciden los taxistas que miran las vidas a través de su vidrio y las escuchan latir adentro de sus vehículos.
Es que ellos se han convertido en guías turísticos de lugares clave, secretos y muy solicitados por quienes les confían sus más íntimos deseos. El tour que piden los turistas tiene un mix de sexo, drogas, tango, cena-shows, ropa de cuerpo y, en menor medida, la arquitectura porteña. Pero con el cartel de “ocupado” y un viaje también tienen una retribución extra. Agenda de contactos “comerciales” por un lado y, por el otro, una retribución monetaria por “recomendar” negocios de diversos rubros que compiten entre sí para pagar a quien le acerque más turistas.
Negocio en alza. “Colombianos, americanos, australianos, africanos se suben a mi taxi durante todo el año. De 40 viajes, 15 son con extranjeros. A mí no me piden la zona roja porque es peligrosa, yo les recomiendo chicas de los boliches de Recoleta. Además, todos te quieren pagar más para que les llenes el bar de extranjeros”, cuenta su rutina diaria Omar que hace 26 años trabaja como taxista. Es el conductor que dice tener como cliente predilecta a una doctora que atiende a Hugo Chávez y quien además le deriva varios pasajeros de ese país. Por su parte, chilenos y españoles coinciden en que tienen a sus taxistas de confianza: “Yo no me fío de cualquiera. Todos los tours que he venido a hacer a Buenos Aires e incluso a la costa fueron siempre con Raúl. Nos divertimos de lo lindo cuando vengo con mis compañeros a convenciones y necesitamos chicas y algunas cositas más, tú sabes”, cuenta el español Fabricio sin dejar resquicios para dudas. Entre los conductores se sabe dónde y cómo. Algunos deciden cumplir todos los designios de sus pasajeros y otros prefieren abstenerse de colmar algunos pedidos, como los de drogas. “Yo no me meto con la merca porque el ambiente es heavy. Pero se sabe que en Esmeralda, cruzando Lavalle, al lado del cine es una fija adonde van todos los turistas que quieren conseguir y donde los tacheros cobran lo suyo también. En este rubro tenés changas por todos lados, depende de vos y de tu ética en lo que te metas o no”, confiesa Omar. Mientras que Rubén aclara que “son los trabas los que la llevan y la traen, porque no tienen miedo de meterse en ningún lugar”.
A la caza del turista. Negocios de ropa de cuero, hoteles del centro porteño, night clubs como Plays, Black and White, Madaho’s, La Lopez, restoranes como Madero Tango o La Ventanita, son algunos de los tantos lugares que resuenan entre los taxistas quienes agradecen la paga extra que les ofrecen, que puede llegar a los 400 pesos diarios. “Yo trabajo para conservar al turista. Me dicen “how much?” y yo les digo que me paguen lo que quieran. A mí me conviene que me llamen todos los días en vez de pedirles propina. Hay veces que me han invitado tragos e incluso chicas”, cuenta Omar y remata: “Lo único que les aclaro es que no me culpen si se enamoran. Les caigo bien, les doy confianza y me terminan dando 10 dólares por un viaje de 10 pesos. Es un trabajo de hormiga pero duermo tranquilo”. Lucas es un taxista joven que también ha invertido tiempo en guiar a los turistas: “Una pareja colombiana me ha llegado a ofrecer plata para que tuviera sexo con ellos. El marido me tiraba palos y me insistía para que aceptara. Los terminé llevando a un cabaret”