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Le diagnosticaron VIH y le negaron nuevo estudio, pero al final era un error

Un análisis realizado en el Centro Nacional de Referencia para el Sida le atribuyó a Graciela Risez la portación del virus. Durante semanas bregó para que le hicieran otro examen, pero siempre le negaron esa posibilidad. Finalmente, acudió a un sanatorio privado y el resultado le dio negativo. Los médicos nunca admitieron que confundieron la muestra. Por Christian Sanchez

Le diagnosticaron VIH y le negaron nuevo estudio, pero al final era un errorFueron 51 los días que Graciela vivió con la certeza de que era VIH positiva. Fueron 51 los días que vivió desesperada, sin saber a quién contarle, en quién confiar, intentando recordar el momento exacto en que se había contraído el virus y a quién pudo haber contagiado.

El 19 de julio de 2007, mientras Buenos Aires vivía uno de los inviernos más fríos de su historia, Graciela Risez recibía una noticia que la dejaba helada: era portadora de VIH. Los resultados provenían de un análisis realizado por el Centro Nacional de Referencia para el Sida (CNRS) de la Facultad de Medicina, el lugar más reconocido del país en la materia.

Graciela se hizo el análisis debido a que los médicos ordenaron realizárselo a Martín, su pareja, quien desde el 26 de junio estaba internado en terapia intensiva del Hospital de Clínicas, sin que le pudieran dar un diagnóstico preciso a pesar de haber perdido 20 kilos de peso.

El resultado del análisis de su compañero dio negativo y Graciela tenía la plena certidumbre de que también estaba sana. “Fui con tranquilidad por el resultado de Martín y porque conozco perfectamente la vida que he llevado. Nunca me drogué y no tuve relaciones con hombres extraños. Es más, de todas mis ex parejas he tenido noticias o las he frecuentado hasta la actualidad, y afortunadamente gozan de buena salud. Mis posibilidades de contraer VIH eran muy remotas.”

El 3 de julio, luego de obtener la orden del Hospital de Clínicas, se dirigió al piso 11 de la Facultad de Medicina, en donde se le efectuó la extracción para realizar el test de Elisa y luego el Western Blot (el primero no es específico del VIH, por eso, en el caso de dar positivo, se confirma con el segundo).

Dieciséis días después se encontró en los corredores del hospital con la infectóloga Ana Laborde, quien le pidió que la acompañara a su consultorio para ver los resultados del análisis. Cuando la doctora abrió el sobre, su cara se transformó y con voz temblorosa le dio la noticia: VIH positiva. “Es muy confuso lo que recuerdo después de ese momento, lo que sí recuerdo claramente es mi primera impresión, que fue de descreimiento: ‘Se equivocó, agarró otro sobre’, pensé de inmediato, y creo que hasta esbocé una sonrisa”, recuerda Graciela.

Por el semblante de la médica y sus palabras de consuelo entendió que no era una equivocación. “Me decía que hoy el VIH es muy tratable, que es como decir que tenés diabetes, que las estadísticas dicen que no sé cuántos se enferman por día, y bla, bla, bla. Montones de palabras imposibles de escuchar.”

Un momento, después la médica salió del consultorio en busca de un vaso de agua. Cuando regresó, lo hizo acompañada de otra doctora: Natalia Bello. “Me decían que hoy es preferible decirte que tenés VIH a que decirte que tenés cáncer porque es mucho más tratable, y que el 60% de los infectados no lo sabe, y a mí me importaban un carajo las estadísticas”. Según las médicas, llevaba entre 6 meses y 15 años siendo VIH positiva, y le recomendaron algo que la aterró aún más: “Yo que vos llamaría a mis ex parejas y les diría que se hagan el examen”.

Terror, dice haber sentido al salir del consultorio, “por estar gravemente enferma; por contarles a mis seres queridos; por la soledad a la que te condena esta enfermedad con su alta carga de discriminación social; por las enfermedades que iba a sufrir y por cómo mi vida cotidiana se iba a alterar profundamente; y sobre todo terror de entrar a la terapia intensiva a ver a Martín, porque los enfermos que lo rodeaban estaban allí, en su mayoría, por neumonía”.

El mismo día en el que se enteraba de que era VIH positiva su pareja salía de terapia intensiva luego de casi un mes. La buena noticia se empañaba por el resultado de sus análisis. Aunque sólo ella (y su terapeuta, a quien llamó desde el hospital) lo sabía. A pesar del miedo a las enfermedades que podía contraer, se quedó esa noche a dormir en el hospital, junto a su compañero.

A partir de allí empezó lo que ella llama su “atomización”. Iba al hospital, luego al trabajo, no podía llorar porque se suponía que estaba contenta por la mejora de su pareja, les mentía a sus amigos para no verlos. Pasó los 51 días casi sin dormir.

Su pareja fue dado de alta el 31 de julio con un nuevo examen de VIH con resultado negativo. Esto acrecentaba sus dudas. Las médicas le explicaron que él podía estar en un “período ventana”, y que era imposible que existiera un error en el análisis de ella. “No te lo hiciste en el laboratorio de la vuelta de tu casa, sino en el Centro Nacional de Referencia para el Sida, el lugar al que se recurre en todo el país”, le dijeron las doctoras Bello y Laborde. De este modo rechazaron la posibilidad de hacerle un nuevo estudio. El doctor Horacio Salomón, director ejecutivo del CNRS, le dijo que podía repetir el examen, pero se negaba a sacarle sangre nuevamente.

El 10 de agosto resolvió dirigirse al Centro Médico Huésped, una institución privada, para hacerse un nuevo análisis y terminar con las dudas. Un mes después fue con su amiga María a retirar el resultado. “Una infectóloga me hizo pasar a un consultorio. La espera fue terrible, los minutos no pasaban más. Al fin abrió el sobre que contenía mi destino y dijo la gran palabra: “Negativa”. Graciela recuerda que rompió en llanto y la médica confundida le dijo: “Pero está bueno ser negativa”. Hasta que horrorizada se enteró de toda la historia.

El único llamado que Graciela recibió del Clínicas luego de aquel día ocurrió tres meses después. “La doctora Bello me llamó para ver cómo estaba y si podía algún día pasar por la facultad a sacarme sangre, porque el doctor Salomón estaba preocupado por mi salud”, recuerda indignada y agrega: “¿Cómo puede ser que me digan que pase cuando pueda?”.

Graciela nunca recibió una respuesta satisfactoria por el calvario que debió pasar. Tanto Bello como Salomón rechazaron sus respectivas responsabilidades aduciendo que habían hecho “todo lo que se hace en estos casos” y sugiriendo que era la otra parte la culpable (ver recuadro).

En consecuencia, Graciela resolvió iniciar una demanda judicial. “De haber mediado una disculpa, y si en el CNRS hubiesen actuado con menos soberbia, no estaríamos hablando”, asegura la abogada Patricia Balbi, que representa legalmente a Graciela en la demanda por daño moral que llevará adelante contra el instituto.

Sin dejar de reconocer el prestigio que éste tiene, tanto nacional como internacionalmente, la letrada dice que si bien “todas las normas de bioseguridad se cumplieron, nunca se reconoció que hubo una falla humana en cuanto al manipuleo de la muestra, y en este caso en particular, lo evidente es que no se trataba de la sangre de Graciela, sino de alguna otra persona que no sabe que está infectada, o que está festejando porque vaya uno saber el motivo que lo movió a realizarse el examen”.

Los especialistas coinciden con esa aterradora posibilidad: hay alguien que es VIH positivo y no lo sabe, poniendo no sólo su vida en riesgo, sino también la de los demás; y que deberían repetir todas las muestras de aquel día.

Hasta el momento, ni el Hospital de Clínicas, ni el CNRS convocaron a quienes el 3 de julio de 2007 acudieron al que es considerado el lugar más seguro del país para detectar el VIH.

La actitud de los médicos y de la institución constituye el centro de la demanda. Balbi suma el hecho de “no haberle dado la posibilidad de la duda a mi cliente, porque incluso cuando va a Huésped y el examen le da negativo, al trasladar ese dato a los médicos, no hubo respuesta del tipo: ‘Vení que esto es grave, vamos a tomar las muestras de ese día de nuevo, para encontrar a la persona que tienen el virus y no lo sabe’. Pero nada de eso ocurrió”.

Mientras sigue con la vía judicial, Graciela trabaja con su terapeuta para lograr rearmarse anímicamente. “Lucho para poder calmar la angustia que aún ronda por las noches y me quita el sueño. Sé que cuando lo logre, no seré la misma. Mi vida cambió, me dieron vuelta como un trompo y todo esto tendrá un costo para mí.” Cuando cuenta la historia, sigue llorando.


Un antecedente, una condena


No constan estadísticas sobre diagnósticos erróneos de VIH, aunque los especialistas consultados admiten que existen casos.

Uno que tomó estado público, luego de una resolución judicial, fue el protagonizado por Luís Bascur, quien en 1992 se acercó al Centro de Salud Leónidas Lucero, dependiente del hospital de Bahía Blanca, para realizarse una serie de análisis pre-ocupacionales, contento por haber conseguido trabajo luego de un duro período. Allí le comunicaron que era VIH positivo.

En 1995, mientras seguía las indicaciones del hospital y se le practicaban nuevos análisis, le notificaron que había habido un error.

En junio de 2006, un fallo de la Sala II de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Bahía Blanca condenó al Centro Leónidas Lucero y a la Municipalidad de Bahía Blanca a pagar una suma que superaba los 100.000 pesos.

La explicación del hospital fue que Bascur no había concurrido con frecuencia para que le realizaran controles y nuevos estudios, lo que según la institución hubiera arrojado el error mucho antes. Este argumento fue rechazado de plano por la Cámara.

El fallo se centró en lo vivido por Bascur: “Grave daño moral, profundo y lacerante, tan hondo que evidente resulta que ha tenido que dejar huellas perennes. Sacarse de encima la condena y estigma del sida del que se creyó afectado no es sacarse la camisa sucia y reemplazarla por una limpia, no es borrón y cuenta nueva, queda un lastre que no se diluye fácilmente”.

La decisión de los magistrados señaló, además, que no importaban las razones por las que se había producido el error. El fallo fue redactado por el juez Horacio Viglizzo y apoyado por los otros camaristas: Abelardo Pilotti y Leopoldo Mariscal.

Allí se elevó el monto de 40.000 pesos que había establecido el fallo de primera instancia, a 100.000 más intereses fijados desde el día en que se le informó el resultado.

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