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Un laberinto para no perderse

Por una de las regiones más hermosas del país trasandino, entre laderas abruptas y pueblos casi aislados, un recorrido increíble que se complementa con un paseo por la Antártida.

Un laberinto para no perderseA BORDO DEL NORDNORGE.- La subasta se organiza el último día de viaje, en el 7° piso del crucero. Elementos de expedición, rompevientos y objetos personales de los tripulantes se ofrecen entre las risas de los pasajeros, que se suman a todas las actividades, pero en este caso poco compran. La única pieza disputada con buen ritmo es la carta náutica del capitán, cuyo precio inicial de US$ 50 se transforma rápidamente en 600. La compradora es una alemana muy seria, que acepta desplegar el mapa sólo ante un australiano que le ofrece 25 más por tomarle una foto. Y ella acepta, sin culpa alguna.

La pretendida hoja de ruta indica que se ha partido desde Ushuaia para atravesar en casi dos días el pasaje de Drake, recorrer aguas antárticas durante una semana, volver hacia el continente americano en otras 48 horas y finalizar el recorrido por los fiordos chilenos, como postre también helado de una travesía que no tiene comparación.

El frío duele un poco en cubierta, aunque después de la Antártida puede tomarse como un veranito. Los fiordos quedaron para los últimos cinco días, pero los itinerarios varían según las fechas y los puertos de salida. También hay barcos que recorren únicamente esta región y otros que van y vienen entre Chile y la Argentina, sin pasar por el Continente Blanco.

La navegación es por canales estrechos, junto a laderas abruptas que hace miles de años contenían glaciares, hasta que se derritieron y dejaron su lugar al mar. Son cauces profundos, de manera que barcos enormes como el Nordnorge, que en la próxima temporada será reemplazado por su casi gemelo Fram, pueden recorrerlos sin mayores complicaciones.

El viaje se completa con descensos en pueblos, ciudades y sitios especiales como el Cabo de Hornos, que además de estar en el extremo meridional del continente es famoso por los peligros que lo rodean. Llegar hasta él es un privilegio; sólo se logra con un Neptuno de muy buen humor.

Paisajes que llegan
De pie sobre la cubierta o en una reposera tomando sol, con abrigo siempre a mano por si de repente nieva o se nuba, uno ve pasar el paisaje durante horas. Como si no fuera el barco el que va a la montaña, sino al revés; los picos nevados pasan de largo mientras uno simplemente observa. Lo mismo ocurre con los bosques de cada isla, agrestes, deshabitados y por supuesto sin caminos.

Si una de las grandes virtudes de viajar en cruceros es no tener que armar y desarmar valijas para conocer varios lugares, en este caso se suma la variedad de paisajes que pueden disfrutarse a través de los ventanales, ubicados en pasillos, el restaurante y la mayoría de los camarotes. La vida a bordo es básicamente de lectura, cine documental, charla y contemplación, mucho más silenciosa que la de cruceros tradicionales. Hasta el pelotero, entre uno de los bares y la sala de Internet, se mantiene tan cristalino que hace recordar un detalle: no hay niños a bordo. Entre los 190 pasajeros nadie tiene menos de 30 años, y la gran mayoría más de 60.

Tal vez por eso todos saludan con emoción a Nerón, de 6 años, cuando bajan en Cabo de Hornos. El es hijo del integrante de la marina chilena que tiene a cargo el faro y la pequeña isla. Junto con su esposa, son los únicos tres habitantes del lugar, primer descenso después de la Antártida.

Todos aprovechan para caminar por el lugar y conocer la única casa habitada. "Con la llegada de los turistas pasamos de la tranquilidad extrema al estrés máximo", dice con una sonrisa el marino, mientras vende souvenirs con imágenes del faro y su mujer no deja de sellar los sobres de viajeros que no quieren perderse el recuerdo postal del Fin del mundo en versión chilena.

Al recorrer el lugar uno puede bajarse de las pasarelas, pero no conviene alejarse mucho porque hay minas enterradas desde tiempos conflictivos. Uno de los caminos alcanza el Monumento Albatros, representado por una de estas aves ya conocidas por los pasajeros -porque siguieron al barco en las últimas horas- y dedicado a los hombres de mar, de todas las naciones, que perecieron luchando contra las inclemencias de la naturaleza.

Detrás del monumento sólo queda mar.

Poblado a la vista
Mientras la navegación continúa tranquila por el laberinto de los fiordos, uno puede incluso olvidarse del paisaje, ya que, de todas maneras, el capitán de la expedición anunciará por parlantes cuando el barco se acerque, por ejemplo, hasta un glaciar imperdible. Lo hará, todos lo saben, en tres idiomas: inglés, alemán y francés.

La mayoría de los pasajeros proviene de Estados Unidos y Europa, la tripulación es mayormente filipina, y como si faltaran rasgos internacionales, los tres glaciares más conocidos se llaman Rumano, Holandés y Alemán.

El primer poblado en visitarse es Puerto Williams, de unos 2000 habitanes. Es domingo y los turistas caminan por las calles, buscando a qué sacarle fotos y qué comprar. Pero sólo están abiertos algunos negocios, entre ellos dos mercaditos (uno frente al otro) y el bar Angelus, ideal para tomarse un pisco sour antes de continuar el viaje.

Tras dejar atrás el Canal de Beagle y dependiendo del nivel de la marea, hacia el Norte se navega a través de Angostura Kirke o el canal Santa María, con dirección a Puerto Natales, capital de la provincia de Ultima Esperanza. Fundada en 1911, cuenta con más de 18.000 habitantes y es uno de los puntos claves para realizar excursiones por la zona.

El barco llega cerca del atardecer, de manera que uno puede aprovechar la noche para comer en algún restaurante: el buffet del barco es envidiable, con variantes de salmón y quesos entre otras exquisiteces, pero un curanto chileno o mariscos locales preparados en el momento puede ser una gran opción, sobre todo después de tantos días en manos de un gran chef (aunque siempre el mismo).

También uno puede aprovechar para navegar por Internet, ya que a bordo es casi inaccesible, por tratarse de conexión satelital. Al ser un barco de bandera noruega, sus precios están planteados en moneda de ese país, algo más cara que el euro. De manera que los gastos extras (bebidas alcohólicas, gaseosas, souvenirs..., no más que eso) resultan muy caros.

Además, en la tardecita de Puerto Natales uno puede buscar alguna excursión para el día siguiente, si no desea hacer la propia del barco, que también ofrece la suya. El tiempo en tierra es escaso en este tipo de viajes, de manera que hay seguramente un único lugar por visitar. Y la opción por excelencia desde aquí es el Parque Nacional Torres del Paine (ver recuadro).

Sólo hay que asegurarse el horario de regreso, para evitar problemas. El crucero no espera y el lugar es bastante aislado como para perderlo justamente aquí, cuando todavía quedan unas 40 horas de navegación hasta Punta Arenas.

Por Martín Wain
Enviado especial

Fuente

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