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Un viaje de cada lado de la ventanilla

Afuera, los paisajes y pueblos de Irkutsk a Ulan Bator; abordo, una especie de hotel rodante con todo tipo de personajes y situaciones.

Un viaje de cada lado de la ventanillaDesde Moscú, volamos cinco horas por Aeroflot hasta Irkutsk, capital de Siberia, para embarcarnos en uno de los trenes que recorren las legendarias vías transiberianas. En una agencia de París me habían sugerido comprar el pasaje antes de salir, por 200 euros. Pero finalmente lo adquirí en Rusia por... ¡50! Así que, ticket en mano, me dirigí de madrugada a la estación para embarcarme rumbo a Ulan Bator, Mongolia, y después completar el viaje hasta Pekín.

Era todavía de noche y hacía calor. En agosto, en esta parte del planeta la temperatura puede llegar a los 40 grados. Tuve la suerte de encontrar fácilmente el tren, aunque todas las indicaciones estaban en ruso y casi no había a quién pedirle ayuda. Pero reconocí sin mayores problemas la formación relativamente vieja, verde oscuro, y subí.

Mi pasaje era para un compartimiento de cuatro camas tipo cuchetas. Lo compartía con dos compañeras de viaje mongolesas que venían de Moscú, se dirigían a Ulan Bator y llevaban mercadería para vender, que habían ubicado sobre mi cama. Sacaron sus cosas y, exhausta, me dormí.

Así transcurrieron las primeras horas a bordo del mítico tren. Hasta que la luz me despertó y pude ver por la ventanilla el lago Baikal. Agua azul y mucho verde; por momentos, zonas más áridas, lugares que parecían abandonados, desolados, y cada tanto un puñado de casitas de madera. Pensé que en invierno el panorama sería muy diferente y a la vez más monótono, por estar cubierto de nieve.

Otras formaciones de lujo, como el Orient Express, cubren el mismo itinerario, pero nuestro tren era más bien de segunda clase. Lo justo y necesario para el viaje: cómodo, práctico y relativamente limpio, si se tiene en cuenta el gran número de pasajeros que, desde hacía cuatro días, viajaban sin bañarse (aunque había duchas a bordo) y llevaban comida, de Moscú.

Llegamos a la estación de Ulan Ude, capital de la República de Buriatia. Pequeña, desolada. Una parada de apenas minutos, suficiente para comprar un pan regional a un vendedor ambulante en el andén.

En el caso de los ferrocarriles de primera, el programa puede incluir algunas excursiones guiadas. Pero no era éste el caso. Nuestro tren iba lleno, con una mayoría de pasajeros mongoles y, digamos, un diez por ciento de turistas, sobre todo franceses y españoles que habían subido en Moscú y terminarían en Ulan Bator o Pekín.

Atravesar el camino de Oeste a Este dentro de un extenso país no es un viaje más. No sólo por sus inigualables paisajes y el efecto que produce que se prolongue la noche, sino también por el cambio gradual de los rasgos físicos de la gente en las sucesivas estaciones. Las pieles blancas y los ojos redondos y claros permanecen a lo largo del recorrido. Sin embargo, la forma de los ojos comienza a orientalizarse a medida que el tren se acerca a Mongolia, creando una mezcla exótica y atractiva; rasgo que se acentúa en la frontera, donde comienza a palparse el límite entre el mundo oriental y el occidental.

El viaje se complementa en dos aspectos: el exterior con el interior, a bordo, donde se desarrolla toda una vida. Tuve la impresión de estar en un hotel. La gente pasea por los vagones, va al baño en pijama, se ducha, come, habla, duerme. Hay olores de todo tipo, a comida y a gente.

El tren hace paradas de no más de quince minutos, que son suficientes para presenciar un espectáculo y formar parte de él, el trueque. Por la ventana se pueden ver los mongoles, que descienden a toda velocidad con sus mercaderías para cambiarlas por pescado u otros alimentos de la región que llevan a la estación. Desde jeans hasta repuestos de autos son cambiados por pescado y otros alimentos. Hasta que el silbato del guarda pone fin al ascenso y descenso, y con eso al intercambio rápido y bien aprovechado. Nos preparamos para continuar viaje.

Luego de pasar por Zaudinsky llegamos a Naushki, en la frontera rusa, y los pasaportes de los pasajeros son retenidos durante cuatro horas; hubo que esperar dentro del tren sin poder bajar. El control en esta parte de la frontera es más estricto que el de Mongolia, sobre todo con la gente local.

Las horas de viaje se acortan al conversar e intercambiar información con los otros pasajeros. Fue interesante aprender que muchos extranjeros se habían decepcionado con los pueblos del tramo ruso. Por el contrario, Mongolia era toda una revelación, que, en mi caso, justificó una pausa de veinte días, para después retomar los rieles hasta Pekín.

Por Fátima Turu
Para LA NACION

Fuente

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