A 60 kilómetros de Belo Horizonte, el Instituto Cultural Inhotim combina una gran colección de obras contemporáneas con jardines de vegetación exuberante y lagos artificiales.
BRUMANDINHO.- El acceso no es sencillo. Son 60 kilómetros desde Belo Horizonte por caminos que atraviesan varios poblados y en su tramo final se hacen angostos y de tierra. Pero, definitivamente, vale la pena.
El Instituto Cultural Inhotim es uno de los museos de arte contemporáneo más importantes de Brasil, y deslumbra desde el vamos. No sólo por su enorme riqueza patrimonial, sino también por sus parques, cuidados hasta en los más mínimos detalles.
En el municipio de Brumandinho, el moderno complejo ocupa 35 hectáreas de jardines, diseñados por el célebre paisajista Roberto Burle Marx, en un predio de 2100. Un inmenso territorio de selva atlántica tropical, que sorprende con una colección de 10.100 palmeras, una de las más numerosas del mundo.
Al recorrer este paradisíaco lugar y sus cinco lagos artificiales van apareciendo algunas de las 1800 especies de plantas, en total armonía con una propuesta artística que no desentona ante la exuberancia de tanto verde.
Unas 450 obras integran el patrimonio del museo, de las que se exhiben alrededor de 80, distribuidas en nueve pabellones de unos mil metros cuadrados cada uno y formas geométricas que se destacan entre la vegetación. Hay pinturas, dibujos, esculturas, fotografías e instalaciones de renombrados artistas brasileños y extranjeros. Un compendio del arte contemporáneo de los años 60 a nuestros días.
La asociación sin fines de lucro Instituto Cultural Inhotim se encarga de administrar el complejo, creado por Bernardo Paz, que este año ganó en España el premio al coleccionismo en la renombrada muestra Arco. Este empresario de Minas Gerais compró las tierras para cumplir un sueño: amalgamar su amor por el arte y la botánica. Y no le fue nada mal. En octubre de 2006 abrió al público con todas sus instalaciones. Desde entonces fue visitado por más de 200.000 personas.
Los brasileños Tunga, Cildo Meireles y Adriana Varejão, y la colombiana Doris Salcedo, entre otros, forman parte de la colección permanente. Además de sus característicos muros de azulejos en azul y blanco, recreación pictórica de las iglesias barrocas portuguesas, Varejão hace una invitación audaz, "inspirada en el derrumbe de un hotel en Río de Janeiro, en 2000, que provocó la muerte de un matrimonio", cuenta la guía, a metros de los restos de una pared de poliuretano que muestra órganos humanos en su interior.
La galería de Meireles tampoco pasa inadvertida. En Desvio para o Vermelho, a la que se ingresa descalzo, propone una habitación prolija y colorada por donde se la mira: desde las butacas, los armarios y libros hasta la heladera y el pájaro que trina en la jaula. Sin embargo, en el ambiente contiguo reina la oscuridad, salvo por un curso de agua que lleva a un lavamanos colmado de líquido rojo. Para algunos, una especie de paradoja de las dictaduras de América latina, cuando detrás del orden aparente el horror circulaba sigilosamente.
El encuentro que ofrece Janet Cardiff es mucho más distendido: en un amplio salón blanco, la instalación sonora Forty part motet reproduce en 40 canales el coro de la catedral de Salisbury, con su repertorio de música sacra, y sorprende con sus efectos musicales.
El único argentino de la muestra es Rirkrit Tiravanija, que comparte sala y propuesta con el tailandés Navin Rawanchaikul. Le siguen la enorme bola colgante y luminosa de Franz Ackermann; la serie de fotos Tulsa , de Larry Clarck, que en los años 70 reflejó en blanco y negro el mundo de las drogas.
Y a poco del cierre del museo, los tambores y las danzas típicas de Africa, aggiornadas a la cultura local, ganan protagonismo de la mano de una colectividad de Mozambique, instalada a 22 kilómetros del pueblo. Así, unas 40 personas, entre grandes y chicos, con sus trajes tradicionales, participan de una celebración que transita entre lo religioso y lo pagano.
Más allá, a lo lejos, otros visitantes ajenos a los ritmos prefieren el silencio y asomarse a alguno de los balcones para rendirse ante las vistas del Inhotim, donde el arte contemporáneo armoniza con la naturaleza.