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En el salvaje oeste... de Manhattan

Chelsea es uno de los barrios de Nueva York que más ha crecido en los últimos años. Allíconfluyen algunas de las mejores galerías de arte y las discotecas más divertidas de la isla.

En el salvaje oeste... de ManhattanNUEVA YORK.- Para los que no son demasiado fanáticos de visitar galerías de arte, hay que avisarles que en Nueva York, más precisamente en el barrio de Chelsea, tendrán que hacer una excepción muy puntual. Se recomienda al viajero ir hasta la 23 Street y la 11th. avenue, justo frente al Hudson River Park, y entrar en la galería Gagossian. Una vez allí, se deberá pedir a un guardia de seguridad que abra la puerta de un cuartito apodado Infinity Room, una instalación de la japonesa Yayoi Kusama.

Para este cronista, que no es de pasar demasiadas horas recorriendo museos ni exhibiciones artísticas, entrar en ese sitio ha sido una de las experiencias más inquietantes en mucho tiempo. El Infinity Room es un ambiente oscuro con luces amarillas muy tenues que crecen en intensidad y simulan algo parecido a un océano penumbroso, que muchos asocian con la idea de infinito. La sensación es la de estar flotando en un lugar sin tiempo ni velocidad.

La Gagossian es sólo una de las incontables galerías de Chelsea, uno de los barrios de Manhattan que más ha crecido en arte y movida nocturna durante la última década, siendo además -pero no solamente- el centro neurálgico de la movida gay de la Gran Manzana.

Galerías e iconos pop
Un día en Chelsea puede comenzar en la esquina de la novena avenida y la 15 Street, donde funcionaba en los años 30 una gigantesca fábrica de galletas Nabisco, hoy reciclada y convertida en complejo gastronómico. Ese lugar, llamado Chelsea Market, aglutina casi 30 tiendas de comida fresca (langostas, carnes, panes) y un canal de noticias, además de varios desayunadores para comenzar la mañana con café y huevos.

Con la panza llena, vale la pena hacer el raid de las galerías, sin perderse estas cuatro: Bárbara Gladstone, Spencer Brownstone, Cheim & Read y la Gagossian, pero echando un vistazo a tantas otras como

Lehmann Maupin, Matthew Marks, Paul Kasmin (la lista es inagotable) o el Rubin Museum of Art. Es increíble la cantidad de arte concentrado en tan pocas manzanas, en enormes edificios con cientos de salas para regodearse durante horas o días con la vanguardia que uno prefiera.

El barrio también tiene otras joyitas para ofrecer, como el mítico Chelsea Hotel (23 Street, entre la séptima y octava avenida), donde se dice que Jack Kerouac parió de un tirón su novela En el camino. Este establecimiento de ladrillos rojos y coquetos balcones de hierro ha sido la vivienda atormentada de roqueros tóxicos, beatniks y escritores como Mark Twain o Dylan Thomas. También en una de las habitaciones, Sid Vicious, de los Sex Pistols, asesinó a su novia, Nancy Spungeon.

No es mala idea tomar un martini en el bar del hotel, el Serena, que funciona en el sótano, y evocar mansamente aquellos tiempos de excesos y desvarío creativo.

Algunos podrán decir que, a primera vista, Chelsea tiene una estética urbana un tanto fría, pero esa sensación se aplaca definitivamente cuando llega la noche. La zona oeste, entre las calles 26 y 29, está infestada de discotecas, que en un principio eran sólo territorio gay y recibían visitas frecuentes del Departamento de Policía de Nueva York.

Hoy, estos boliches son los más divertido de la ciudad, y hasta Greenwich Village está empezando a resultar aburrido en comparación con las alocadas disco de Chelsea, abiertas para toda clase de público (es frecuente ver a modelos y famosos pasar por la puerta VIP).

Discotecas como Lotus (en la 14 Street, entre la novena y la décima avenida), Marquee y Cain explotan en los fines de semana. Pero un paso adelante está el Roxy, un megaboliche que los sábados recibe las fiestas del Circuit Party, a las que hace un par de meses asistió la mismísima Madonna con uno de sus jóvenes novios.

Por último, si el plan no es reventar la noche, sino tomar una copa y cenar rico en pareja, lo mejor es ir a Tía Pol, un restorancito español muy simpático y aún no descubierto del todo, sobre la décima avenida. Se sirven deliciosas tapas, el vino por copa es muy rico y el precio, muy económico.

Después de la cena es una buena idea dar un paseo por la zona del muelle de Chelsea y detenerse en un pub que sería algo así como el edén de la cerveza, el Chelsea Brewing Company, donde se sirven unos chops de novela.

Allí, en una noche cálida frente al río Hudson, después de tanto arte y tanta efervescencia nocturna, la felicidad, como en el cuartito de Yayoi Kusama, parece infinita.

Por José Totah
Para LA NACION

Fuente

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