Para el cocinero, viajar es un pensamiento y un regreso a la memoria
Mis viajes son cada vez más bellos: han perdido ese afán extremo de lejanía, y se resumen en gusto y distancia a un pequeño mundo como el de un panal de abejas. Así, apostado en amores por aquellos senderos que me vieron nacer, puedo pasear con poco esfuerzo arropado en los alientos del sur de nuestro continente.
He perdido la ilusión de Oriente; ya no quiero subirme a aviones que me lleven a lugares lejanos. Quiero vivir entre los rasgos geográficos que me fueron otorgados. Mi valija lleva, más allá de mis enseres, los fragmentos de tantas brisas recogidas, del mar, del desierto y la de aquellas pequeñas cimas donde habitan el zorro y el puma.
La belleza geográfica debe necesariamente ser comprendida más allá de los ojos; debe arrastrar el redoblado tambor del alma, que pone acentos en los instintos de la civilidad.
Viajar es un pensamiento, es regresar a nuestra memoria colectiva. Somos embajadores del alma, de esa esencia humana que nos abarca desde mucho antes de nacer.
Somos un resumen de nuestra historia civil, aquella que se pasea entre ladrillos bien cimentados y bellos escombros del recuerdo. Al final, la aventura de la memoria le abre las puertas a nuestros codiciados deseos.
He esperado, a veces años, para recibir un beso, pensando: ¿no sostendrán aquellos labios mi más preciado viaje?
También debo confesar que encontrarme echado sobre un pajonal al sol, a la par de un perro y tarareando las notas de una obertura de Wagner, suma millas al tránsito de mi andar, y no muy lejos, aquí cerca de mi casa.
¿Y las palabras? ¿La fonética de los idiomas? ¿El susurro extranjero que habita las fronteras de mi memoria? Esas palabras que llevamos en nuestros bolsillos poco pesan, son coloquiales y auguran inteligencia, destellos galos o carrasperas germanas.
En las nacientes de la etimología está el más hermoso de los viajes, abrazado a un diccionario que con la última luz da sentido, peso y cordialidad a cualquier viaje.
En un sueño podría estar viajando hacia un añoso y lejano ombú, caminado por una huella de carretas con el paso altivo -contigo mi amor-, cada uno en su huella con la individualidad de nuestro hacer. Yo deseando saber de aquellos ángeles que te habitan; tú, abandonada a tus secretos.
Mis viajes son así: ya no extensos en distancias, más bien cercanos a mis ojos. Sólo ayer me detuve en un ramo gigante de camelias, una de las flores más antiguas que nos regaló Oriente, enmarcadas e inmortalizadas en la escena por inspiración de la bella Marie Duplessis. Las camelias tienen además el tino de florecer en invierno, cuando el sol languidece en los días más cortos.
Así vivo viajando y debo confesar que disfruto más este gotero de distancias que cuando mis pasos desandaban exóticos países. Al final son las tierras de nuestra niñez que nos llaman.
Por Francis Mallmann
El autor es cocinero de comida argentina. Su cocina se puede apreciar en los restaurantes Patagonia Sur (La Boca); 1884 Restaurante Francis Mallmann (en la localidad de Godoy Cruz, Mendoza); Los Negros, en José Ignacio, Uruguay, y en el Hotel & Restaurante Garzón, en Pueblo Garzón, también Uruguay