De los viajes nos quedan, además de los lugares, los personajes que conocemos. Gente que difícilmente encontraríamos a la vuelta de casa, así sean argentinos y vivan justamente en nuestra misma manzana; viajar predispone a lo nuevo.
Tomemos el Caso Stewart W, por ejemplo. Londinense, treintañero, lo conocimos con otros compañeros de navegación por la Antártida, un par de temporadas atrás. Y por diversas circunstancias llegamos a llamarlo, en un momento dado y a sus espaldas, el Espía. Es que viajaba solo, se había unido a nuestro grupo algo forzadamente y nadie entendía bien a qué se dedicaba, aunque había explicado algo de una agencia de viajes poco convencional. Y porque, en contraste con su abierta simpatía, parecía... ocultar algo. A todos nos dio esa impresión.
Mi primera conversación con él fue de lo más absurda. Ante el dato de que era inglés, le pregunté inmediatamente por un viejo amigo británico, como si eso fuera casi inevitable. Me arrepentí antes de terminar la pregunta, como tantas veces, pero lo más extraño fue que enseguida respondió que sí, que conocía bien a mi amigo y a su mujer cordobesa, cómo no.
En general, el correctísimo Stewart W. se disponía más que nada a escuchar lo que los demás tenían para decir y a sonreír con diplomacia. No obstante, una noche, durante la comida, nos contó una historia que pronto olvidé, pero que por suerte esa misma madrugada transcribí a un cuaderno. La leo y percibo en la letra el pulso acelerado del que no quiere que se le escapen los detalles de algo muy bueno que acaba de escuchar:
A los 20 años, Stewart W. se instaló por doce meses en una aldea en Tanzania (costa este de Africa central) con la intención de hacer trabajo social. En cuanto llegó, sin embargo, el jefe de la población le hizo saber que no era bienvenido. Le contesté que igual me quedaría y que le demostraría que mi única intención era ayudar, no aprovecharme de ellos; que trabajaría en beneficio de todos, recuerda. Aunque el líder no hizo nada concreto para expulsarlo, el clima a partir de entonces no fue el mejor. Stewart: Caminaba entre las precarias viviendas de barro y los vecinos se asomaban para gritarme ¡blanco! ¡blanco!, como un insulto.
Pero eventualmente logró entenderse con los aldeanos. Tanto valoraron su dedicado trabajo que un grupo de ellos convenció al líder para que no lo echara. Así que allí pudo pasar un año completo ayudando en tareas de construcción y sanitarias. Al término de la experiencia, Stewart estaba listo para volver a casa. Pero, quizás demasiado ansioso, a unos quince minutos del aeropuerto chocó su Jeep contra un micro de pasajeros y salió despedido a través del parabrisas.
Se levantó de la ruta, aturdido, y notó la sangre entre su larga y rubia cabellera de entonces. Y de algún modo logró que un taxista testigo del accidente lo llevara a la terminal. Estaba dolorido, mareado, sangrando, pero pensé que si me hacía atender perdería el vuelo ?explica?, así que me lavé un poco en el baño, hice el check in como pude y embarqué. Me senté y le pregunté a la azafata si había un médico a bordo. No había. Llegó a Londres, donde lo esperaban sus padres después de un año sin verlo. Los abrazó, se quedó callado unos segundos y, con la visión ya bastante nublada, llegó a pedirles que lo llevaran a un hospital, justo antes de desmayarse.
Durante años, Stewart no recordó nada de Tanzania. Sólo con el tiempo recuperó gradualmente la memoria. De a poco fueron volviendo las imágenes del jefe de la tribu, hostil, diciéndole que no lo quería ahí, que se fuera, y la gente del pueblo gritándole ¡blanco! ¡blanco!
Como si con su cuento hubiera concluido una especie de performance, a partir del día siguiente Stewart ya no se sentaría con nosotros a comer. En cambio, lo veríamos con cierto recelo y suspicacia compartir mesa con el líder de la expedición antártica y sus colaboradores más cercanos: el biólogo norteamericano fanático de las aves y el aventurero alemán enamorado de Buenos Aires. Más historias raras, para otra oportunidad.
Publicado por Daniel Flores / 20 de septiembre / 4.36 AM