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El pasaporte vencido, pero la esperanza intacta

El vuelo a París despegaba a las 17.05 y había que estar en Ezeiza, como mucho, a las 15. Recién era el mediodía y tenía tiempo para almorzar, ordenar la ropa y hasta jugar con el perro. Después de cerrar la valija saqué del cajón lo que llamo el bolso esencial , una cartera de jean setentosa donde siempre van el pasaporte, la plata y el pasaje, que desde hace unos años es una hoja A4 impresa.

El pasaporte vencido, pero la esperanza intactaPor algún motivo que aún no comprendo -quizá deba asumir que la chapa de colgado me acompañará hasta el final- no había revisado mi pasaporte. Una certeza frágil me aseguraba que había sido renovado en tiempo y forma con la fotito sin sonrisa, el pulgar sucio en la casilla correspondiente y los sellos de rigor. Pero no. Viajaba un 8 de mayo y el documento estaba vencido desde el 25 de abril (14 días de infracción). De las tres p del viajero moderno (pasaporte, plata, pasaje) faltaba la más importante.

Cuando uno es ciudadano argentino y viaja fuera del Mercosur debe salir del territorio nacional con su pasaporte de origen (a países limítrofes se puede ir con la cédula o el DNI). No importa si se tiene doble nacionalidad y un coqueto carnet con letras doradas de la Comunidad Europea, Birmania o Finlandia. El que nace en la Argentina sólo sale con pasaporte argentino. No hay otra opción. Al menos eso me dijeron cuando llamé a las autoridades competentes en medio de un ataque de nervios y con el perro mirándome enojado porque ya no le tiraba más la pelota. Era la una de la tarde y el taxi estaba en la puerta tocando timbrazos. Pero yo tenía otros problemas.

De Azopardo a Ezeiza
Las opciones eran dos: rendirse y posponer el recorrido o remangarse y pelear de algún modo para salir del país y evitar las burlas de amigos, tan acostumbrados a esta clase de anécdotas. No era una aventura del estilo Expreso de medianoche ; no había que huir de una prisión turca ni cruzar a nado de México a Estados Unidos. Pero la misión tampoco era del todo sencilla.

Cargué la valija en el taxi que tenía que depositarme en Ezeiza y, en medio de un tráfico infernal, le pedí al chofer que me llevara hasta Azopardo 620, la sede de la Policía Federal donde se hacen estos trámites. Como en la película The Truman Show , todo conspiraba para que no pudiera escapar: los autos parecían interponerse a propósito y el taxista avanzaba a 35 kilómetros por hora mientras me contaba que estaba deprimido porque su mujer lo había dejado la noche anterior.

Cuando llegué a Azopardo eran las dos menos cinco. Como mucho, si quería tomar el vuelo tenía que estar a las 15.30 en el check in. Y a esa altura parecía más fácil escapar de una prisión turca a medianoche que llegar a esa hora al aeropuerto.

Pero, dicen, los colgados también tenemos una estrella especial: es que en general el colgado se olvida de todo, hasta del pasaporte, pero al final del camino siempre cae bien parado. Con parsimonia de burócrata saqué un numerito y esperaré en el salón. Mi novia, mi madre y mi mejor amigo me llamaban al celular para darme fuerzas: "Ya no llegás; mirá que sos, ¿eh? Sólo a vos te pasa esto".

Cuando anunciaron mi número, el 142, me desplomé en el escritorio de la señora que me atendió y le confesé mis problemas de papeles como quien se acoda en un bar y le cuenta su vida a un cantinero. Después de escuchar, inconmovible, la mujer sacó una hoja de abajo del escritorio y respondió: "Es su día de suerte; justo esta semana salió una circular que dice que si tiene DNI al día, pasaporte vencido y comprobante de que está tramitando el nuevo puede salir del país". Se me iluminaron los ojos: "¿Y cuánto tardo en que me den el comprobante?" La respuesta fue una caricia: "Se saca la fotito, deja las impresiones digitales y se lo dan en media hora. Apúrese que ahora no hay mucha gente".

Y así fue: foto (esta vez con sonrisa), pulgar enchastrado y a correr. El trámite llevó poco más de media hora. Eran las 14.46. Salí del edificio y afuera estaba el mismo taxista que me había traído. Esta vez decidí presionarlo: "Mire, sé que anda deprimido, pero tengo que llegar a Ezeiza en 40 minutos, ¿me lleva rápido?" La respuesta fue un gesto de cabeza y el hombre manejó como un ave.

Transpirado frente al mostrador de la aerolínea, me dejaron hacer el check in a las 15.30 y corrí a Migraciones. Al pasar el control, el hombre que me selló el pasaporte no pudo evitar la sonrisa: "Zafaste, ¿eh?" Así funciona, parece, la impunidad de los colgados.

Publicado por José Totah / 27 de septiembre / 5.16 AM

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