Después de un estreno, el actor se quedó mudo y viajó con amigos y cañas a Paso de la Patria, Corrientes
En 1970, la noche anterior al estreno de una obra para niños que se llamaba Pluf, el fantasmita , llegué a mi casa en Lanús después de un ensayo general que se había extendido como hasta las 4. Sentía cierta molestia en la garganta y me acosté. Pero cuando me levanté, cerca del mediodía, sentí que tragaba clavos y la nariz me comenzó a sangrar.
Ese mismo día, a las 15, fui a ver a un médico. Me hizo abrir la boca, me miró y dijo: "Sos actor, ¿no? Bueno, entonces quedate mudo ya. Tenés una cuerda vocal abierta, rajada, lastimada. Y tenés un nódulo. Vas a tener que estar quince días mudo. A las dos semanas, cuando eso cicatrice, te saco el nódulo, y vas a tener que quedarte mudo otros quince días. Porque sacar un nódulo de una cuerda recién cicatrizada es muy riesgoso".
Esto sucedió el mismo día del estreno. Llegué al teatro un rato antes, conté lo que me había pasado y mi letra se repartió un poco entre los demás actores. Acomodamos la obra para reemplazar mis partes, aunque había líneas que sólo podía decirlas yo... Y las dije.
Por un lado, fue la obra más extraordinaria de mi vida porque, una vez que hice el estreno, enseguida me reemplazó otro actor. Y al final de la temporada, ese mismo actor que me reemplazó no pudo actuar y me llamaron para que ocupara su lugar. Es decir, estuve sólo en dos funciones: el estreno y la última.
Por entonces, un amigo de Lanús, Quito Fransollini, era muy aficionado a la pesca, así que pasó por mi casa para invitarme a ir a pescar juntos. Y con una libretita que cada tanto vuelvo a encontrar, le escribí: E stoy mudo, no puedo hablar. Pero si querés te acompaño. El había arreglado también con dos compañeros de la Facultad porque era estudiante de Medicina, así que partimos los cuatro hacia Paso de la Patria, en el norte de Corrientes.
A los dos los conocí el mismo día que salimos. Yo los saludaba con la mano, callado, mientras mi amigo les explicaba que no podía hablar.
Vacaciones en carpa
Fueron quince días en carpa, los cuatro pescando en Paso de la Patria. Y estos dos tipos se la pasaron jodiendo conmigo. Como yo no hablaba, jugaban a que además de mudo estaba sordo. Entonces ponían cara de giles, miraban para otro lado y decían cualquier barbaridad sobre mí. Y yo jugaba a que no escuchaba.
Pasábamos las 24 horas viéndonos la cara, horas y horas pescando dorados en el Paraná, cocinando juntos, durmiendo en carpa. Además, siempre sin un mango, comíamos lentejas, fideos y polenta. Por supuesto, cada dorado que agarrábamos era una fiesta. Teníamos una parrillita.
Pero lo más gracioso era la relación con estos tipos. Me acuerdo que en uno de esos días íbamos por la ruta en dos autos, nosotros adelante y ellos atrás. De golpe, en una ruta desierta por donde no pasaba nadie apareció un policía entre los árboles haciendo señas para que arrimáramos el coche a la banquina. Cuando paramos vimos que entre esos árboles había una comisaría chiquitita. El policía se acercó y cuando llegó al auto le pidió a mi amigo que se bajara y le entregara documento y registro de conductor.
Entonces el policía le dijo a mi amigo que veníamos con exceso de velocidad. Y él le respondió: ¿Q ué exceso de velocidad? Si a este Fitito lo pongo a ochenta se funde.
A todo esto, nuestros compañeros, que venían unos 200 metros detrás nuestro, pasaron a media marcha, miraron la escena y pararon como cincuenta metros más adelante. Cuando Quito se fue con el policía caminando hacia la comisaría, los otros dos vinieron marcha atrás y me preguntaron qué había pasado.
No sé, escribí en mi libretita. Y nos quedamos ahí, esperando como quince minutos. De pronto vimos como Quito se nos acercaba con un bulto gigantesco al hombro. Cuando llegó a los autos largó un exabrupto y bajó una bolsa de 30 o 40 kilos de naranjas. Y nos contó que atrás de la comisaría tenían un cuartito donde guardaban todas las cosas que bajaban de los camiones: hormas de queso gigantes, damajuanas de vino, hasta una pichonera con seis gallinas. De todo. Y el policía le había vendido las naranjas como condición para dejarnos seguir nuestro camino.