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Por el Nilo, a toda máquina

Templos milenarios, cosstumbres ancestrales, ruinas impactantes, mucho verde y el interminable desierto, en una travesía de Luxor a Asuán, con escala en Edfú, por uno de los ríos más famosos del mundo

Por el Nilo, a toda máquinaA BORDO DEL TUYA.- El pequeño bote de remos se acerca sigilosamente al crucero mientras éste maniobra lentamente tratando de atracar. Cuando se encuentra a menos de un metro, sus dos tripulantes se abalanzan sobre la enorme mole de hierro en busca de aferrarse a los pocos puntos salientes que tiene el casco. Mientras comienzan a llamar la atención: "Hey, my friend!; ¡oiga, amigo!; ¡mon ami!, ¡mon ami!", se les escucha gritar, en una rutina que repiten una y otra vez en estos y otra docena de idiomas, algunos difícilmente identificables.

Alertados por el alboroto, desde la terraza del crucero los pasajeros no pueden resistir la curiosidad y comienzan a asomarse a las barandas, mientras desde abajo, a unos 15 metros de altura, los alborotadores comienzan a ofrecer todo tipo de mercadería: desde vestidos hasta mantas pasando por zapatos, carteras, túnicas, estatuas y todo tipo de souvenirs. Enseguida, otras dos falúas se acercan y sus ocupantes siguen el ritual de llamar a los gritos y mostrar su mercadería, y al rato las pequeñas embarcaciones se cuentan por decenas. "Es la forma de venta más antigua que existe en la zona. Desde siempre se comercializó de una margen a otra del río y para eso usaban los botes o balsas", cuenta Ahmed, el barman, en un castellano de una pulcritud que sorprende.

Estamos a bordo del Tuya y en Esna, muy cerca de Asuán, esperando turno junto con por lo menos otras tres docenas de cruceros para cruzar por las esclusas que funcionan como canal y que unen el Medio con el Alto Nilo, y en el último día de un recorrido que nos ha llevado desde las afueras de la eterna Luxor hasta la ciudad de la famosa represa.

Los cruceros por el Nilo son quizá la mejor manera de recorrer esta parte del país, porque desde ellos no sólo se puede contemplar un paisaje imponente, con el inclemente desierto que se extiende hasta el infinito apenas superada la estrecha franja de terreno verdísimo que se levanta en ambas orillas, sino porque también permiten llegar casi al pie de los máximos tesoros arqueológicos que se suceden a lo largo del estrecho cauce de agua. No por nada, desde la antigüedad más remota fue sinónimo de vida, y también cuna de la inigualable cultura que surgió aquí.

Bienvenida nocturna
La primera escala del recorrido es nada menos que en la monumental Luxor. La vieja capital del imperio antiguo impacta a primera vista, especialmente si se llega al atardecer y se puede contemplar la majestuosidad de su templo principal mientras la oscuridad va cubriendo todo poco a poco y la cuidada iluminación pone a todo un toque muy especial. De una perfección de detalles sorprendente, el templo es uno de los más antiguos y fue sede del imperio antiguo mucho antes de que se produjera la expansión.

De ahí que en los alrededores se encuentren otros de los más grandes tesoros egipcios, como Karnak. Quizás el más representativo de la arquitectura antigua, el majestuoso templo conserva intactos varios de sus obeliscos, que se distribuyen entre los patios llenos de columnas pintados de vivos colores. La enorme avenida de las efigies que hacen de acceso es una postal clásica.

Muy cerca, y en pleno desierto, la Necrópolis de Tebas aparece como un enorme terreno descampado en el que pequeños montículos de piedra caliza muestran la entrada de las tumbas de la que fue clase gobernante del imperio, entre ellas la de Tutankamón, por lejos, una de las más pequeñas y menos desarrolladas, pero sin duda la más famosa de todas.

Más ruinas se suceden a lo largo del camino (entre ellas, las de los colosos de Mnemón) hasta que se llega al templo de Hatshepsut y su avanzada arquitectura en terrazas que fue un prodigio para la época. El lugar, sin embargo, hoy es reconocido por el triste privilegio de haber sido donde se produjo la matanza de 58 turistas alemanes en 1997 a manos de un grupo fundamentalista.

Hacia Asuán
De vuelta ya en el barco, la navegación aguas arriba, hacia el Sur, es cómoda, relajada y placentera. Pese a sus menores dimensiones, estos cruceros cuentan con casi todas las comodidades que se pueden pedir para hacer de la travesía una invitación al placer.

Tras casi doce horas de recorrido, y con las primeras luces de la jornada, el barco llega a Edfú. Y desde muy temprano la pequeña ciudad vibra con su enorme mercado que, como hace siglos, cubre la entrada al templo dedicado a Horus. De enormes muros de piedra caliza cubiertos casi completamente por jeroglíficos, el monumento es otro ejemplo de conservación y pese a haber sido tomado por griegos y romanos mantiene casi intacta gran parte de su construcción original, a diferencia del de Kom Ombo (muy cerca de aquí), que muestra en sus columnas caídas y en sus muros en ruinas la acción de las sucesivas conquistas y el efecto del tiempo.

Mientras el crucero recorre las últimas millas entre decenas de falúas con velas latinas que navegan el río de una orilla a la otra por los alrededores de la isla Elefantina, desde el agua se contemplan los tesoros que guarda Asuán. En esta pequeña y bulliciosa ciudad no sólo se encuentra el famoso hotel Old Cataract (el mismo en el que se filmó la película Muerte en el Nilo ), sino también el mausoleo de Aga Khan, el renombrado Jardín Botánico y el increíblemente conservado templo de Filé, además de la represa más famosa del mundo.

Sin duda, el templo es el plato fuerte. Construido sobre la isla del mismo nombre, sorprende no sólo por su ubicación en medio del agua y del verde, sino por el estado en que se encuentra. Con una antigüedad cercana a los 3000 años, el complejo fue dedicado a la diosa Isis y al dios Horus, y hace un tiempo fue sometido a un profundo trabajo de conservación y restauración, ya que la humedad de la zona y el agua que invadía las capas inferiores de la isla fueron mellando los cimientos. Hoy es una joya de la arquitectura clásica egipcia, con frentes completamente repletos de jeroglíficos y pinturas originales en techos y bóvedas que sirven para hacerse a la idea de lo que fue quizás una de las más grandes civilizaciones de la historia. Casi nada.

Por Diego Cúneo
Enviado especial

Fuente

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