En California se sintió como protagonista de El proyecto Blair Witch
Fui a visitar a mi amiga a Los Angeles. El plan era quedarme unos días en su casa con su marido y su hija, y luego hacer un viaje las dos solas en auto hasta San Francisco, parando en el trayecto y acampando un par de días cerca de Morro Bay. Ella se había hecho bastante fanática del camping y me alentó a que fuéramos a uno que había conocido hacía poco, y que tenía lugar para una sola carpa. Era en la ladera de una montaña frente al mar, a la vera de la ruta que unía las dos ciudades.
Cuando llegamos serían las 3 de la tarde. Estacionamos al costado de la ruta. Se accedía al lugar por un caminito abierto en la montaña y había que subir unos 200 metros, pero parecían más porque era hacia arriba. Hicimos diez mil viajes a causa de que mi amiga, con el entusiasmo de toda nueva pasión, había traído una cantidad enorme de objetos que asegurarían nuestro confort: acolchados, almohadas, mosquitero, linternas, parrilla, pava, termo, pasacasete, sillitas, faroles, colchones, esterillas, etcétera. Al quinto viaje me empaqué como una mula y me negué a seguir portando elementos.
Finalmente armamos nuestra carpa bajo un árbol, con una vista de quitar el aliento. El lugar era imponente, una mesetita a media montaña con un pequeño bosque. Abajo el Pacífico, con esa costa llena de acantilados.
Hacía poco se había estrenado en California El proyecto Blair Witch y había impactado fuertemente en mi amiga, que me contó parte de la película durante el viaje. Yo estaba un poco sensible porque unos días antes de viajar había sufrido un asalto a mano armada en mi casa, en el que terminé atada de pies y manos y con bastante menos pertenencias que antes.
Tal vez fue esto que hizo que no pudiéramos sacar la atención de aquel auto rojo que se estacionó frente al mar. Salvo acampar, no había nada que hacer allí y el único lugar posible lo ocupábamos nosotras. Pensamos que mientras fuera de día estaba bien, pero que si al atardecer el auto no se iba había que preocuparse.
Usamos el tiempo que quedaba antes de la puesta de sol para armar las bases del fueguito que, a pesar de estar prohibido, íbamos a hacer para asarnos un salmón.
Cuando se estaba extinguiendo el último rayo de luz miramos hacia abajo y confirmamos con terror que el auto seguía allí. Esto olía mal, seguramente nos habían visto, dos mujeres solas, una papa. Nuestras peores fantasías se empezaron a convertir en palabras, estábamos a merced de quien quisiera hacernos daño. Irnos, implicaba dejar todos nuestros cinco viajes de cosas a merced de los ladrones, pero quedarnos... Interrumpió la disertación un sonido espeluznante que nos heló la sangre.
Era un grito tribal, mezcla de risa de juerga y arenga. Primero uno, después otro, al final eran como 8 o 9 individuos. Parecía una pandilla de mexicanos burlándose de nosotras. Ya era de noche y sentí terror.
Sin decirnos nada salimos corriendo, me encontré con ella dentro de nuestro auto y fuimos a la casa del guardaparques. El hombre no entendió mucho, pero escopeta en mano nos siguió en su camioneta. Cuando al volver se nos cruzaron unos coyotes en la ruta empecé a intuir que un gran papelón se avecinaba. Al llegar el guardia dijo que nos quedáramos allí, abrió un alambrado que no habíamos notado y subió la montaña en su camioneta. El papelón se definió un poco mejor cuando de la penumbra rocosa salió una parejita enamorada, se subió al auto asesino y se fue, y se confirmó completamente cuando nuestro héroe bajó diciendo que no había nada, que los coyotes gritan, pero son inofensivos, y que hacer fuego estaba prohibido.