De viaje, el gran maestro acostumbra llevar una foto de su hijo Nito.
-¿Ultimas vacaciones ?
-Mar del Plata, rodeado de amigos y familia. ¡Quiero mucho a esa ciudad!
-¿El mejor viaje de su vida?
-Todo aquel en el que pude combinar trabajo y placer.
-¿Avión, barco o tren?
-El tren siempre me inspiró..., pero con la velocidad que se vive hoy prefiero el avión, de lo contrario el viaje se hace muy largo.
-¿Playa o montaña?
-Un poco de cada una: ¡soy un soñador!
-¿Escapada de fin de semana?
-Siempre dispuesto, pero no muy lejos.
-¿Un destino soñado?
-Asia, más allá de Japón. Lo único que me quedó por conocer.
-¿Algo que nunca deja de llevar en un viaje?
-La foto de mi hijo Nito. Y una cruz esmaltada en rojo que también uso en mis actuaciones, y que es una condecoración que recibí en Italia hace mucho tiempo.
-¿El viaje más caro?
-No recuerdo, tal vez uno en que me robaron el equipaje.
-¿Carpa sí o no ?
-Carpa sí.
-¿Solo o acompañado?
-¡Siempre acompañado!
Dos giras por Japón
En dos viajes a Japón tuve la suerte de conocer a muchos amigos que conservo hasta hoy. Y la pasé muy bien en ese país lejano, fundamentalmente por la amistad que me brindaron, ya que muchos de sus habitantes son admiradores de lo que hago.
Viajar allá fue un sueño encantador que espero repetir, aunque creo que será cada vez más difícil, porque es un vuelo demasiado largo y ya tengo 92 años.
A principios de la década del 90 me invitaron a una gira de dos meses por todo el país junto con un sexteto: bandoneón, guitarra, contrabajo, batería, violín y mi piano, con un cantante.
Al llegar nos agasajaron con todos los honores y con mucho cariño. Una vez que nos recuperamos del viaje, iniciamos un tour de dos meses por diferentes ciudades.
No voy a decir que en Japón el tango se aprecia más que acá, porque sería exagerado, pero sí puedo asegurar que hay un respeto muy importante por nuestra música. Más allá de la distancia y la diferencia cultural aprecian mucho a Gardel, por eso incluimos varios tangos suyos en el repertorio.
Regresé a Japón diez años después, para otra gira muy similar a la primera. Viajé nuevamente con el sexteto, y durante dos meses tocamos tres veces por semana en diferentes ciudades de este país cada vez con más influencia de Occidente.
Un día salía muy apurado a un ensayo y sin darme cuenta me puse un zapato de un color y otro diferente. El pobre japonés que vino a buscarme intentó señalarme el desliz en su idioma, pero con el apuro que llevaba para asistir puntualmente a mi cita no logró captar mi atención. Terminado el ensayo, mi mujer me alertó con un grito: "¡Mariano, los zapatos!" Ya era tarde.