Néstor Kirchner sospecha que en cada aliado anida un futuro enemigo. En cada aplauso intuye un traición, sobre todo cuando pisa Buenos Aires, su provincia adoptiva.
Daniel Scioli se convirtió en la síntesis de todos sus miedos: lo supera en imagen positiva y puede ganar la provincia el año que viene -no tiene que pasar por un ballottage- incluso si el ex presidente perdiera la pelea por recuperar el cargo que le cedió a su esposa. En esa hipótesis, ¿mantendrá Scioli su fidelidad a prueba de maltratos a un cacique derrotado, o repetirá el salto que ya hizo del menemismo al duhaldismo y de allí al kirchnerismo?
En los últimos días, Kirchner atesoró argumentos para su obsesión. Versiones de una reunión secreta de Scioli con Duhalde (agigantadas por los inesperados elogios públicos que éste le dedicó). El poco entusiasmo que mostró el gobernador en participar de la guerra contra los medios de comunicación (sólo puso la cara en los actos). Y, sobre todo, la frase de altísimo impacto que le atribuyó una víctima de la inseguridad: "Tengo las manos atadas". Kirchner esperó una desmentida de Scioli durante varios días. No llegó.
La reacción sonó a declaración de guerra. "Que me diga quién le ata las manos", le reclamó en la cara, durante un acto en La Boca. No le hizo falta agregar que se había sentido aludido nada menos que con el tema que más preocupa a la sociedad, según el coincidente diagnóstico de las encuestas de opinión.
Los intendentes del conurbano y el propio Scioli lo habían invitado a hablar en el lanzamiento de una corriente peronista fundada para resaltar la importancia de los liderazgos territoriales en la provincia. En la lógica kirchnerista, parecía un desafío: el jefe del PJ acaba de inundar la provincia de candidatos salidos del gabinete nacional y bendijo el aterrizaje de Hugo Moyano como presidente del partido en la provincia. "Fue un gesto de independencia demasiado explícito para Néstor", dijo un dirigente que participó de la organización del acto.
Costo y beneficio
Kirchner construyó su poder bonaerense con un liderazgo mercantilista. Ofrece atención financiera nacional a los intendentes y al gobernador. Exige, a cambio, subordinación absoluta al proyecto político-electoral de la Casa Rosada y la vocación de asumir los costos de los problemas de gestión, en especial, la inseguridad.
Así, en 2007 condenó al fracaso a varios intendentes cuando habilitó el sistema de colectoras, para que la boleta de Cristina Kirchner sumara todos los votos posibles. En 2009, derrumbó a otros tantos cuando los obligó a ser candidatos testimoniales a concejales. El propio Scioli se arriesgó en la aventura.
En aquella derrota, Kirchner empezó a temer la traición final. Hizo listas de los que sacaron más votos como concejales que él como diputado, y acrecentó sus recaudos. A casi todos los caciques del conurbano los precede también la fama de saber adaptarse a los cambios de líder.
Por todo eso, pese a su recuperación en las encuestas, Kirchner dedica tiempo a prever una derrota que preserve su poder. Para eso necesita ser el jefe de la provincia de Buenos Aires. ¿Podrá prescindir de Scioli e imponer un candidato a gobernador de lealtad garantizada, como Amado Boudou, Aníbal Fernández, Florencio Randazzo o Alicia Kirchner? ¿Aceptará Scioli mansamente ese destino?
Hoy, Kirchner y Scioli son dos equilibristas que pueden empujarse al vacío. Si se rebelara, el gobernador podría quedar expuesto a un año de tormenta política. Pero ¿a cuánto daño se arriesga Kirchner si lo abandona uno de los oficialistas con mejor imagen en plena crisis de inseguridad? La ya famosa frase de "las manos atadas" fue todo una señal. Pareció romper el contrato tácito de preservar al jefe de los problemas sociales más graves y causó un fuerte impacto negativo en la Casa Rosada.
El clima del peronismo bonaerense quedó enrarecido. Los intendentes advierten por lo bajo que no aceptarán otro sacrificio de su poder en nombre del "modelo". Recelan de Moyano y se sienten amenazados por la invasión de ministros candidatos. Scioli no sabe si su tolerancia ghandiana lo mantendrá a salvo esta vez. Y Kirchner demostró de manera visceral que en su guerra por la supervivencia no reparará en atacar hasta a sus soldados más valorados.