La feliz coincidencia de que esta columna aparezca en el mismo día en que se conmemora el centenario de Manuel Mujica Láinez (1910-1984), convida a evocar la relación del famoso escritor con el teatro.
Una relación iniciada en la infancia, cuando escribió una obrita en verso, y cimentada durante la estada en Francia de la familia Mujica (París era más barata que Buenos Aires), a comienzos de los años veinte. Manucho y su hermano menor, Buby, fueron internados en un liceo parisiense, del que salían los jueves a la tarde, cuando su madre, Lucía Lainez de Mujica Farías, los llevaba a los museos o a las célebres matinés de la Comédie, donde el futuro novelista conoció el teatro clásico francés. Racine, Corneille, Marivaux, Molière, le transmitieron a Manucho un notable dominio de esa lengua. Años después devolvería las atenciones con una espléndida traducción en verso de Fedra , de Racine, que María Rosa Gallo y Adrián Ghio estrenaron en el Cervantes, dirigidos por Rodolfo Graziano, a fines de los setenta. En la década anterior, Mujica había escrito, con Guillermo Whitelow, una pieza titulada El sueño alquilado , que ofrecieron a Lola Membrives. "Doña Lola nos recibió muy cordialmente -recuerda Whitelow-, y nos dijo que, si bien la obra le gustaba, era más de conjunto que para su lucimiento personal, sin un papel preponderante para ella".
Una gran amistad unió a Manucho con Blanca Podestá. En el Museo del Teatro, en el Cervantes, se expone un tintero español de mayólica del siglo XVI, que perteneció a la fundadora de esa sala, María Guerrero. Mujica lo atesoraba entre sus objetos más preciados y con motivo de un cumpleaños se lo regaló a Blanca, quien a su vez lo donó al museo. Una anécdota: cuando, a fines de los años cincuenta actuó en el Odeón la Compagnia dei Giovanni (Romolo Valli, Giorgio di Lullo, Rosella Falk y Anna Maria Guarnieri), a Manucho, como director de relaciones internacionales de la Cancillería, le tocó ofrecerles una recepción oficial. "Nos estaban sacando una foto -recordaba-, yo tenía a mi lado a Rosella Falk, una actriz notable, físicamente parecida a Greta Garbo. Ella llevaba un abrigo de visón; yo estaba fumando y, sin darme cuenta, había empezado a quemárselo. La Falk, por suerte, en el momento no lo advirtió".
Cabría también anotar aquí su labor como libretista de la ópera Bomarzo , sobre su novela homónima, con música de Alberto Ginastera. Sin olvidar la deliberada teatralidad con que Mujica vestía a su personaje mundano: el monóculo, los anillos, la capa y, en los últimos años, el sombrerito de tweed y la varita flexible, a modo de bastón.