Es adicta al paco y buscó ayuda para darle una vida mejor a su hija
Pasó la mitad de sus 18 años en la calle. Ahora se rehabilita en un centro dentro de una villa porteña.
La lluvia y el frío eran insoportables. Más con seis meses de embarazo y sin lugar a donde ir. Julieta creyó que se volvía loca. Era las 6 de la mañana y todavía le quedaba tiempo hasta que abrieran el juzgado. Hacía meses que la buscaban por un robo menor y pensó que entregarse era la única salida . Caminó a Tribunales y esperó. “No puedo más, quiero que me internen ya”, le dijo a la empleada que la atendió. Desde aquel día, cuenta uno a uno los que lleva sin consumir paco.
Julieta Lago tiene 18 años. La mitad de ellos, vividos en la calle. Es portadora de VIH y en pocas semanas nacerá su segundo hijo. Pero ella se juró que Zamira no crecerá en los pasillos de la estación Retiro.
Todas las mañanas, una camioneta de Acción Social de la Ciudad la pasa a buscar por el parador donde pasa las noches y la deja en el Bajo Flores, en Francisco de la Cruz 1745. Allí, desde hace un año funciona el primer centro de atención para adictos que trabaja dentro de una villa , la 1.11.14. Pero además, es uno de los pocos que está dirigido por un grupo de madres cuyos hijos son o fueron adictos.
“Estos chicos no tuvieron una sola oportunidad, Julieta no tuvo una oportunidad en su vida . Cuando la conocí, hace tres años, ella no era portadora, quizás si alguien le hubiese dado una mano...”, se queja Rita Díaz, la titular de Hay otra esperanza.
Julieta llegó al centro sin demasiado entusiasmo. A la primera que vio fue a Graciela Ferrari, la psicóloga: “Me dijo ‘bienvenida, esta es tu casa’.
Nunca nadie me había dicho una cosa así.
Ella me enseñó a empezar desde cero, desde aprender a pedir permiso hasta esperar en silencio mientras el otro habla”.
Tiene cara de nena y cuando cuenta su vida, lo hace con la misma naturalidad que cualquier chica de su edad. A los nueve años, cuando ya había perdido la cuenta de los hogares por donde había pasado, dijo basta y se fue a vivir a la calle. Tres años antes, su mamá la había dado en adopción con sus seis hermanos menores. A los cinco mayores, nunca los conoció.
La primera vez que dejó el paco fue durante su primer embarazo.
Pero al día siguiente del parto, volvió a fumar.
Su hijo, que tiene un año y medio, está en un hogar. Julieta no está autorizada a verlo: “Yo me quiero poner bien para estar más cerca de mi hijo”, asegura.
A medida que se sentía mejor, Julieta sintió que le faltaba algo. En Retiro había quedado Alejandro, el padre de Zamira. Y allí volvió a buscarlo. Rita puso el grito en el cielo. Alejandro también era adicto, vivía en la calle y encima tenía 42 años. El enojo duró poco.
Los dos ahora hacen el tratamiento.
“Nos gustaría formar una familia —dice Julieta—, pero sabemos que no es fácil, ni siquiera tenemos un lugar donde ir, pero estamos juntos y poco a poco vamos a poder”.
Todas las mañanas, a las 8, Rita y las otras madres los esperan con el desayuno. Allí, almuerzan y meriendan. A las 19, el centro se cierra y empiezan las horas más difíciles. Para Julieta, la clave de este tratamiento está en aprender a pasar ese tiempo: “Los que estamos acá estamos porque queremos, nadie nos obliga y por eso creo que esto es mejor que una internación”.
Además de funcionar como centro ambulatorio, Hay otra esperanza atiende a 30 chicos que son hijos de adictos. Daniel Venialgo es uno de los psicólogos del equipo: “Estamos en el patio de los transas, entonces se puede trabajar de una manera más directa porque los chicos en tratamiento no están en una realidad ficticia”.
El centro funciona en un viejo galpón al que todo le falta. Pero las madres se las arreglan para estirar el presupuesto y darles de comer a unos 20 chicos que cada día bajan tambaleándose desde los pasillos de la villa. Rita está convencida de que con ese plato de comida caliente, alguno se animará a dar el primer paso, como hizo Julieta.