Menos de 72 horas después de que los médicos tuvieran que meter mano en su corazón obstruido, Néstor Kirchner se trasladó hasta el Luna Park para escuchar a una Cristina conocida y clásica. Fue la misma Presidenta que se escucha a diario y a la que su esposo debe oír también, seguramente, en la cocina de Olivos. La noticia más relevante de ese acto de jóvenes kirchneristas, multitudinario por cierto, fue la desesperación de la jerarquía gobernante para borrar de la historia los instantes desagradables de la noche del último sábado, cuando Kirchner debió acudir presuroso en busca del auxilio de los médicos.
Sólo una voluntad irrefrenable o una necesidad política imperiosa podrían justificar que haya estado ahí un hombre que requirió hace pocas horas una intervención quirúrgica en una arteria del corazón. Pero ése fue un ardid mediático que se puso en marcha no bien el ex presidente salió del quirófano. Abandono precipitado del sanatorio contra la orden de los profesionales que lo habían atendido; declaraciones a la prensa de Kirchner como si dejara una reunión política y no un centro médico, y la manifiesta voluntad de su esposa de que él les hablara también a los periodistas.
Si pudiera existir un Indec de los medios periodísticos, la noticia del sábado no habría ocurrido. El problema de la pareja presidencial no son los medios ni los periodistas, sino la política que lee, ve o escucha al periodismo. Como todo gobierno personalista, hay una marcada obsesión por la imagen del líder fuerte que debe percibir la política; la ruleta de los detalles, en la que también consiste la vida, es incompatible con esa premisa. Kirchner dio muestras de que no está dispuesto a respetar las recomendaciones de los médicos ni los naturales límites que establece el cuerpo de cualquier mortal. Por eso, tal vez, el discurso presidencial tuvo una sola línea argumental que iba y venía recurrentemente: la demonización del periodismo (del no oficialista, se supone) y un marcado dejo de resentimiento hacia lo que la Presidenta llamó la época de mayor libertad de prensa. La libertad de prensa existe como un mandato constitucional y no como una concesión de los que gobiernan accidentalmente. Existe ahora también a pesar del gobierno kirchnerista y no gracias a él.
El problema actual consiste, por el contrario, en las serias amenazas a la que está sometido el periodismo independiente, sobre todo después de la derrota electoral del oficialismo en las elecciones del año pasado. ¿El argumento? Lo dio anoche la propia Presidenta: hay una "democracia tutelada" en la Argentina por los medios periodísticos. El propósito de los Kirchner es cambiar ese tutelaje para que sea el poder político el que se haga cargo de una prensa tutelada por los gobernantes. La prensa ya no sería prensa y la libertad no existiría.
Cristina Kirchner, que es mejor y más elegante oradora que su esposo -por qué negarlo-, volvió ayer a presionar a la Corte, pero no la nombró. Néstor Kirchner la nombró, la apretó y la zamarreó cada vez que en los últimos días se subió a un atril. La Corte está en las vísperas de dictar una resolución sobre la ley de medios, que rechazaría un recurso del Poder Ejecutivo. La mayoría de jueces supremos en contra de la petición oficial es abrumadora, pero los Kirchner no retroceden en el intento de cambiar esa relación de fuerzas perdidosa.
Contradicciones
La Presidenta parece impotente en su permanente lucha contra la contradicción. Pidió unión nacional al mismo tiempo que espoleó a la multitud para que silbara y denostara a la oposición. Declamó la virtud de la libertad mientras se quejó de los excesos de la libertad. Se ocupó repetidamente de los diarios y de la televisión, pero después los despreció por efímeros o por intrascendentes en la escritura de la historia. También a los empresarios los sometió a sucesivos baños de agua fría y caliente.
Sin embargo, lo más grave de todo es la disociación que Cristina Kirchner suele hacer entre su papel de presidenta y el de militante. Ayer, les pidió a los televidentes que apagaran el televisor si querían escuchar a la Presidenta; hablaría sólo la militante. Pero ¿puede un jefe de Estado dejar de serlo por un instante cuando está en el centro del escenario público? ¿Puede un presidente decir que lo que dijo corresponde a otra persona innominada, que no es quien lleva la administración del país y lo representa? Ningún manual institucional avalaría semejante división en la máxima instancia constitucional.
Voceros kirchneristas hicieron trascender en los últimos días el proyecto oficial de reconquistar a la clase media mediante créditos, subsidios y gestos moderados. Si eso fue cierto, Cristina Kirchner tiró anoche el plan por la ventana. "Volátil", retó a la clase media, porque, dijo, rechaza a los trabajadores. Estaba hablando de Hugo Moyano, ciertamente resistido por la clase media. Pero el problema está en la personalidad y la ambición de Moyano y no en los trabajadores. ¿Dónde leyó Cristina que en la Argentina hay una colisión de clases sociales? Precisamente la unión de los sectores sociales y religiosos es una de las mejores conquistas argentinas. ¿Es o ha sido? La duda surge después de escuchar esas innecesarias alarmas presidenciales. La emoción de la Presidenta pareció auténtica cuando habló de la educación pública, pero no dijo nada de ningún proyecto oficial para resolver el más grave problema educativo que existe. A fin de año, vencerá la vigencia de la actual ley de financiamiento educativo. ¿Cómo se financiará la educación en adelante? ¿Cuánto aportará la Nación y cuánto las provincias? Nada. Emotivo silencio sobre los problemas concretos.
Era una reunión de jóvenes y la Presidenta los llevó de turismo por el pasado. Habló de los años 50, de los 70 y de los 90 con su particular -y parcial- visión de esas épocas. No dijo nada que pudiera atraer a quienes tienen edad como para soñar con una vida y con un futuro que los aguardan. En ese vasto océano de lo que ya ha ocurrido, resaltaba la figura de Néstor Kirchner, serio, a veces incómodo, por momentos abstraído de un espacio alborotado y de un torrente de las palabras.