Sus gustos, anécdotas, su estilo en el tiempo, las marcas, el diseño, la elegancia, el Photoshop, las cirugías, la moda y la vida...
Por más que uno crea que de Susana se sabe todo, siempre queda algo en el tintero. Por ejemplo, son pocos los que saben que tuvo una sobredosis de perfume y que, a partir ahí, su cuerpo no tolera nada que se le parezca. Sí, como se lee. Algo así como el colmo del glamour: llegar a una dermatitis por exagerar con el sándalo, la rosa, los lirios y el vetiver.
"La cosa fue así. Estaba fascinada con un perfume americano que me quedaba brutal, y todos lo relacionaban conmigo. Me rociaba antes de cada función en el teatro, con el firme objetivo de que me olieran en las primeras filas. De hecho, lo lograba; siempre había alguien que me comentaba que desde las butacas podían apreciarlo. Pero claro... tantas funciones, tanto producto; un día la piel dijo basta, me broté y jamás pude volver a perfumarme", relata la diva máxima de la Argentina con su carcajada marca registrada.
Recostada en un sillón de su living de Barrio Parque, ágil, sin rastro alguno de la operación de cadera que la tuvo a maltraer, acepta el juego de hablar puramente de moda y analizarse a través de las décadas.
-Pasaste por todos los looks, pero hay tips susanescos que quedarán en la historia, que marcaron tendencia. ¿Sabés reconocerlos?
-Sí, el pelo, los tacos, el leopardo. Ese ítem me hace gracia porque alguna gente debe suponer que vivo rodeada y tapizada en animal print. A mí me gusta el leopardo en su punto justo. Me gusta el lindo, el de mancha grande, como esa banqueta que tenés al lado. Era un tapado, pero por supuesto ya no se pueden usar esas cosas y decidí... hacerlo banqueta. Pero es un touch. Antes era diferente, nadie pensaba en la ecología. Hoy hay millones de variantes de leopardo que son un horror. Y lo mío es como un karma, me han regalado de todo. Hasta cisnes.
-Haciendo una especie de encuesta callejera e improvisada, obtuvimos el siguiente resultado. Primero: a los hombres les gustás con tailleur, escote, tacazos y pelo suelto ondulado. Segundo: las mujeres maduras esperan conocer tu nuevo vestido de fiesta y no olvidan el Cavalli estilo mariposa que llevaste a la entrega de un Martín Fierro. Tercero: las más jóvenes te quieren en jeans, botas y sombrero Panamá en tu versión western esteño. Cuarto: todos coinciden en que tu color es el negro, y tus accesorios fetiche, las perlas y los brillantes...
-¡Guau! Me conocen. Qué suerte, no me doy cuenta de que la gente se fija tanto, si no me pondría nerviosa. Pero sí, mi color es el negro, y también el blanco. Lo de los tailleurs es cierto, siempre me ponderan cuando me pongo como de maestra sexy. Con los años entendí que lo básico es el corte, la calidad extrema. Cuando me paro, luego de una entrevista larga, en el living del programa, ¡no puedo tener la pollera hecha un acordeón! Y mirá que eso me sucedió durante años. Ahora no me lo permito.
-Ya no usás diseñadores argentinos, comprás todo en el exterior...
-Sí, y ahora que hago cuatro programas por mes es mucho más fácil. Elijo todo yo, me encanta, lo disfruto enormemente. Es un trabajo que forma parte de mi trabajo. Y así uno va perfeccionándose, aprendiendo, descubriendo. El mundo de la moda es absolutamente fascinante.
-¿Quiénes te gustan actualmente?
-Los clásicos, obviamente, como Roberto Cavalli y Giorgio Armani. Pero estoy fascinada con los libaneses, como Georges Chakra, Elie Saab, Saiid Kobeisy y Zuhair Murad, que hacen cosas fabulosas.
-Este es el año de los tacos, y a vos te encantan...
-Me vuelven loca. Pero esta temporada son letales. Acabo de llegar de Estados Unidos y, te juro, no podía creer lo que veía. Me los compré, pero los uso sólo en el programa o para ir a alguna fiesta. En la vida ando más normal, incluso con chatas. Me acostumbré a raíz de la operación que tuve. Por suerte soy alta y no tengo problemas; nunca sentí que dependía de los tacos. Pero me gustan, siempre hacen la diferencia.
-Mencionaste la palabra fiesta y tengo en mente la gala de Fundaleu e inexorablemente el vestido de Murad que también llevaba otra invitada. ¿Cómo reacciona una diva ante eso?
-(Risas, muchas risas) ¡Nada! No me importa nada. Pero por favor, yo le dije a la mujer de Roemmers que posara conmigo. Ella seguramente se quería morir pensando que yo me iba a morir de rabia. ¡Pero no! Te juro que a mí no me importa nada.
-Miranda, la protagonista de El diablo viste de Prada, hubiera exigido que la mandaran a la casa para que se cambiara el vestido...
-¡Ja, ja! La gente se enrosca más que yo. Es muy gracioso. También dijeron que me enojé porque estaba en la mesa esta chica Vanucci. ¡Por favor!
-La pregunta del millón es que hacés con la ropa cuando el guardarropa está a punto de explotar.
-Regalo muchísimo. Hago rifas en la oficina, ya que son todas mujeres. De pronto hay lluvia de camisetas, carteras, de todo. Alguna vez dije que iba a vender, pero nunca lo hice. Hay cosas que te dan pena. La alta costura es para siempre, hay auténticas joyas que te parte el alma darlas. Y también pienso en un museo, algún día. Qué sé yo... Lo cierto es que algunas prendas, como el vestido mariposa de Cavalli, que amo, me lo pondría mil veces, pero no puedo repetir. Ahora lo tengo en la casa de Miami.
-Esa foto quedará en la historia. Algo así como la versión local de la Dovima de Richard Avedon con el vestido Dior y los elefantes...
-Lo amo a Avedon. Pero lo que sucedió con este vestido, el mariposa, fue muy loco. Yo se lo encargué a Cavalli por teléfono, explicando en qué página estaba, etcétera, etcétera. ¡Y se equivocaron! Cuando el marido de mi hija fue a buscarlo y me lo mostró me di cuenta de que no era, pero a la vez nunca había visto algo tan lindo. Y quedó. Era para mí.
-En moda, ¿qué siempre y qué nunca?
-Siempre la comodidad. Muchas veces estuve incómoda y ahora trato de evitarlo. Mil veces me han hecho gestos detrás de cámara para que casi no respirara o me pusiera derechita por un modelo demasiado ajustado que marcaba acá y allá. ¡Es inhumano! Me cansé de eso.
¿Qué nunca? Los pantalones flojos arriba del tobillo. Eso es un horror, a nadie le queda bien. Cuando veo mujeres petisas, medio gorditas, que llevan eso, me desespero. Me dan ganas de pararlas en la calle. Otra cosa espantosa es el corte princesa, ese estilo medieval que no favorece a nadie. En ese entonces se sacaban el busto y bueno, usaban el pelo recogido. Pero ahora no tiene explicación que alguien adapte eso. Ahora vinieron unos vestiditos bobos que tampoco me parecen lindos. Los combinan con zapatos pesados y quedan horribles. Pero bueno, hay que tomar de la moda lo que uno quiere.
-De lo que viene para el verano, ¿qué te gusta?
-El navy es simpático y viene muchísimo. Es la próxima tapa de mi revista. Bien pensado es muy canchero.
-¿Estás contenta con tu revista?
-Sí, feliz. Siempre me gustó la moda y, como decía, ahora tengo más tiempo para viajar, para empaparme, para leer. Me lo tomo muy seriamente, estoy detrás de todos porque me gusta ver la revista y sentir que refleja mi personalidad.
-¿La argentina es poco arriesgada a la hora de vestirse?
-Son divinas. Pero confieso que me gustaría ver más locura. Adoro ir a países donde las mujeres salen con sombrero, mezclan texturas, colores, innovan. Hay que arriesgarse y no pensar en el qué dirán. Pero acá no se da.
-Otra pregunta del millón. ¿Hay que cortarse el pelo después de los 50?
-¡Pero no! Hay que usar el pelo corto sólo si te queda brutal. Además, los 40 son los 30 de antes, y los 50 son los 40... Pero así tengas 50 o más, si Dios te dotó con un pelo largo brutal, que además te queda divino, ¡cómo lo vas a cortar! Araceli González y Daniela Cardone son las dos mujeres argentinas que pueden usar el pelo corto. Otras se lo cortaron y perdieron encanto. Pero bueno, hay que ser libre a la hora de elegir. Uno sabe lo que le queda bien. El pelo es algo muy personal que tiene que ser coherente con la fisonomía de la persona.
-Ahora, con el tema del alisado permanente, son todas lacias...
-¡Es verdad! El formol las hizo lacias a todas. A las argentinas les encanta ser lacias. Se uniforman mucho.
-Vos que viajás tanto, ¿alguna vez te avergonzó el look desalineado de muchas compatriotas a la hora de subir al avión?
-No sé si avergonzar es la palabra, pero reconozco que cuando veo mujeres monas enfundadas en un jogging me da pavor. Ningún invento puede ser peor. ¡Qué cosa horrorosa! Será cómodo y todo lo que quieras, pero no habría que sacarlo más allá de la puerta de casa. Es algo tan antiestético, no le queda bien ni a la mujer ni al hombre más buen mozo.
-¿Existe algún otro ítem que te aterre así?
-El bronceado exagerado, tipo chocolate. Además de antiestético es antiguo y peligroso. Es como fumar.
-Siempre hacés hincapié en el tema del cigarrillo. ¿Fumaste mucho?
-Sí, pero lo dejé cuando empecé a hacer mi programa. Fumaba casi dos paquetes por día, encima consumía una marca americana que era dificilísimo de encontrar. Así que me había hecho amiga de todos los chantas imaginables, que me proveían esa porquería. Pero un día, en una función de teatro, me agarró un dolor de garganta que no podía tragar. Tuve un susto espantoso y así, de un minuto para otro, nunca más fumé en mi vida. Jamás tuve ganas de retomarlo ni nada. Creo que el que dice que no puede dejar de fumar miente. Si querés dejarlo, terminás haciéndolo.
-¿Cómo definís la elegancia?
-Para mí tener estilo es estar impecable. Siempre manos, dientes y pelo perfectos. La piel también debe estar limpia, cuidada. Tener buenos modales, no recargarse, usar buenos cortes y géneros. Zapatos correctos, make-up transparente resaltando lo mejor que tenés.
-¿Quién es o fue la mujer más elegante del mundo?
-Audrey Hepburn, sin duda. Nadie como ella. De las de ahora me encanta Kate Moss. La vi personalmente y no es nada de otro mundo. Pero tiene algo, un ángel especial. Nadie es tan fotogénica como ella. Me parece que es un ícono, que tiene un desparpajo genial y todo le queda brutal. Madonna es otra mujer increíble que hizo e impuso todo. Lady Gaga dará que hablar porque es original, hace lo que quiere.
-¿Hace mucho que no ves vidrieras en Buenos Aires?
-Y, sí. Pero me entero. Sé que todo está muy caro y no siempre eso se corresponde con la calidad del producto. Qué querés que te diga, a mí me duele que las chicas gasten 300 pesos en un vestidito de morondanga, todo chingado. Qué sé yo, queda feo decirlo, pero en Estados Unidos vas a Gap o Banana Republic, que tienen un diseño y calidad perfectos, y encontrás el mismo modelo, pero bien hecho, a 20 dólares. Lo mismo sucede con los accesorios. Te da bronca porque acá hay mucho talento. Pero éste es el país del no. Los precios de los perfumes en la Argentina son una película de terror. Los que allá tienen tirados en las góndolas acá los cobran como si fueran una joya. ¡Y las cremas! Están locos.
-¿Fuiste alguna vez a alguna semana de la moda local?
-No, la verdad no. Anduve por afuera. Fui al desfile de Carolina Herrera, al de Ralph Lauren, que me fascinó; al de Custo, que me pareció muy gracioso. Y cada vez iré a más. Me encanta. Me quedé muda con lo que vi.
-¿Existe algún diseñador al que le tengas idea?
-No tanto, pero Versace mucho no me gusta. Galliano últimamente está raro, como pasado de rosca. Y hay marcas de mucho prestigio que me parecen un robo sin sentido. Una francesa en especial que vende carteras por US$ 40 mil. Yo tengo prendas de esa marca, supuestamente muy net y fabulosa, pero ya le salieron pelotitas.
-Por último, Susana, hablamos todo de moda. ¿Eso es una frivolidad?
-Para nada. Yo creo que en la vida hay momentos para todo. Hay que divertirse, hay que ser honesto, hay que ser bueno, hay que ser libre, hay que ser profundo y también liviano cuando a uno se le antoja.