"Soy veterano de Vietnam", jura un hombre en silla de ruedas, con una banderita de Estados Unidos enganchada en el apoyabrazos. Me mira fijo, con un fogonazo de locura en los ojos, y no puedo evitar contestarle la primer pavada que se me ocurre.
-Lo felicito... Digo, lo lamento- improviso.
-¿Por qué me felicita? -contraataca.
-En realidad no sé. ¿Debería felicitarlo? -sigo trastabillando.
-¿Usted me está tomando el pelo? -es la traducción delicada de lo que contesta (la versión no delicada es What the f... ).
El intercambio verbal (en inglés) se desarrolla en la zona de Union Square, San Francisco, en el punto exacto donde el cablecarril inicia su recorrido por la empinada calle Powell.
Quienes visiten por primera vez esta joya de la costa oeste norteamericana se sorprenderán de mil maneras. Pero algo que sin duda les llamará la atención es la enorme cantidad de gente que vive y duerme en las calles.
A diferencia de Nueva York, donde la fuerte presencia policial (cóctel de tolerancia cero y psicosis post 11-S) amedrenta a los homeless en los principales puntos turísticos de la Gran Manzana, en San Francisco ocurre todo lo contrario. Las propias guías de viaje de la ciudad lo advierten en sus primeras páginas: "Si un vagabundo le pide dinero, algo que ocurrirá con más frecuencia de lo que imagina, simplemente diga I´m sorry y siga adelante".
En San Francisco, la palabra homeless resulta tan abarcativa como imprecisa: incluye vagabundos, desamparados, ex combatientes de Vietnam y otras guerras, hombres y mujeres sin techo y gente que está rematadamente loca.
Si uno se sienta en uno de los bancos de la plaza de Union Square se encontrará con los personajes más fascinantes que jamás haya visto, a saber: un punk que anda en un skate sin ruedas en un punto fijo, es decir que se imagina patinando. Un anciano que se embarca en una discusión profunda consigo mismo y termina a los gritos pelados, mientras fuma un cigarrillo que no existe. Un hombre con calzas flúo que se pasa una hora y media por reloj aseándose el pelo y la barba con un botellón de agua... vacío.
También se luce una versión desdentada de Janis Joplin, que canta y bendice al que pasa, mientras su novio baila con una columna (sí, le baila a la columna).
Y brilla, definitivamente, el guitarrista que rasga las cuerdas con las patas de su perro salchicha, que usa anteojos negros y mira a su dueño con cara de por qué me hacés esto (ver foto). La galería de personajes es interminable.
Todo sucede ante la total indiferencia de locales y turistas, que avanzan con sus celulares y cafés to go . Nadie se inmuta; la locura, o lo que se sabe de ella, parece funcional al engranaje de esta ciudad. Al menos eso es lo que piensa George, un homeless muy especial que se presenta con la seriedad de un hombre de negocios: "Hola, mi nombre es George A. Webster -me dice tendiendo la mano-. No se asuste si ve muchos locos. A la gente le da igual. Ahora disculpe, pero mi helicóptero despega en cinco minutos. A propósito, ¿tiene un dólar para mí?"
Publicado por José Totah / 19 de septiembre de 2010 / 3.10 AM