Entrevista Confesiones. Separada de Iván Noble, tiene una nueva pareja, cree en el matrimonio para siempre, y opina sobre la sinceridad extrema de su hermano Luis.
Se la ve reflexiva y relajada. Se la escucha concentrada en diseñar la arquitectura de su futuro: el profesional y el personal. Se diría que en estos tiempos, Julieta Ortega tiene lo que gran parte de la gente desearía para sí: un hijo feliz, Benito, a punto de cumplir cinco años; un novio, el empresario Simón de Iriondo, con quien sueña una relación duradera y no descarta la posibilidad de volver a ser madre; con Iván Noble, su ex marido y padre de Benito, mantiene un vínculo de afecto mutuo.
Además, Julieta lleva su carrera por los caminos que considera más interesantes. Terminó de grabar el piloto de Un año para recordar, la tira que su hermano Sebastián realizará en 2011. Anteayer, se la vio protagonizando, junto a Fabián Vena, “Los niños que escriben en el cielo”, un episodio de Lo que el tiempo nos dejó (Telefe, miércoles, a las 23.15), el ciclo creado por Sebastián. El también la había querido tener en Botineras, pero en aquel momento, ella eligió el cine: filmó Verano maldito, la película de su hermano Luis -basada en el cuento de Yukio Mishima “Muerte en el estío”-, que se estrenará a fin de este año o comienzos del próximo.
La elección de Julieta tuvo un costo, porque la temática del filme la obligó a contactar con lo que todos sabemos, pero negamos, para poder seguir adelante: que nada nunca es para siempre. El cuento original narra la historia de un matrimonio cuyos dos hijos se ahogan en el mar. “Antes de esa tragedia -cuenta Julieta-, mi personaje era una mujer de clase media alta, más alta que media, con la vida que todos queremos tener: un marido espléndido, dos hijos vestidos espléndidamente, una casa espléndida con el tipo de cuadros que hay que tener colgados en ese tipo de casas, con los colegios progres donde se supone que hay que mandar a los hijos. Y cuando tenía montado todos ese universo, pierde a sus dos hijos. El guión que escribieron Luis (Ortega) y Alejandro Urdapilleta busca ahondar en lo que sucede cuando todo se termina, cuando ya no tenés nada de todo lo que creías tener. La pregunta es qué pasa si tu peor pesadilla sucede. Para preparar el personaje, quise ir a hablar con gente que estaba internada en institutos psiquiátricos, pero no conseguimos el permiso. Entonces, Luis me dijo: ‘vos confiá en que eso no está tan lejos; no está lejos de nadie, en realidad’”.
¿Cuánto te pesa la fama, propia y la de tu familia?
Con esas cuestiones tengo una actitud bastante relajada... No me siento importante. De hecho, el otro día le comentaba a una amiga que estoy haciendo terapia de grupo, y ella me preguntó si no me daba vergüenza contar mis cosas personales allí, con el riesgo de que pudieran terminar haciéndose públicas.
Y, claro, porque al hablar de tus cosas también estás hablando de otras personas conocidas...
Pero yo siento que no somos tan importantes. La gente que trabaja en el medio a veces siente que la miran todo el tiempo cuando, en verdad, nadie nos mira tanto. Y si te miran, ok, te miraron, ¿y qué? Nada, la misma persona que te miró después sigue caminando tranquilamente. El hecho de haberse cruzado con uno por la calle, a la gente no le ocupa el día. Y en cuanto a la terapia de grupo, en principio, confío en que lo que se habla no sale de allí. Y de última, si saliera, ¿qué? ¿Qué me puede importar si, en el fondo, a todos nos pasan cosas parecidas? De eso se trata la terapia de grupo: alguien cuenta algo que le ocurre, y a otro le resuena en algo semejante que le está pasando a él. Entonces, si lo que yo cuento saliera del ámbito de ese consultorio, ¿cuál sería la novedad, que a mí me pasa lo mismo que a usted? Y sí, es así...
Con tu divorcio de Iván Noble no hubo escándalo mediático. ¿Cómo lograron evitarlo?
Tal vez eso tiene que ver con el hecho de que no nos separamos mal. Con que no hubo escándalos ni siquiera a puertas cerradas. Fuimos dos personas que nos quisimos mucho, que elegimos tener una familia, y que a casi siete años de matrimonio, nos dimos cuenta de que la cosa no funcionaba. Pero tenemos una buena relación, nos respetamos y ambos estamos contentos de haber tenido un hijo juntos. En ese sentido, no vivo mi matrimonio como un fracaso; creo que tuve suerte, con independencia de que si hubiera podido elegir, habría elegido no separarme del padre de mi hijo. Y si vuelvo a formar una familia, a tener un hijo con otro hombre, volveré a desear que nada de eso se rompa. No me dio igual separarme que no separarme.
¿Crées en el matrimonio “hasta que la muerte los separe”?
Sí, aunque a veces pienso si uno no pretende demasiado cuando desesa eso... De todos modos, a mí me encantaría terminar mi vida con un compañero.
Sos una romántica...
No es por romántica, sino porque creo en los compañeros de vida. Me parece que cuando todo está por terminar, cuando uno se enferma, cuando las cosas se ponen difíciles, cuando uno pierde a un ser querido, es importante tener un compañero en quien apoyarse. Yo no me separé pensando en quedarme sola con mi hijo para siempre y que los hombres vayan y vengan en mi vida. A mí me gustaría volver a armar una familia. Y, quizás, esté pretendiendo demasiado, una vez más. No lo sé...
¿Te resulta más fácil preservar de la prensa tu relación con Simón de Iriondo, en la medida en la que él no es famoso?
Sí, despierta menos interés. Por ahí, si nos ven juntos, nos sacan una foto, pero no nos hacen guardia ni nos persiguen. Cuando se juntan dos personas conocidas, ahí hay algo que se potencia y que hace que la situación sea más difícil de aguantar... Pero por un rato, hasta que deja de ser noticia. Además, yo no soy tan famosa... Por otro lado, lo que sucede aquí no es nada comparado con lo que ocurre en Los Angeles, donde una actriz cualquiera está en la manicura, y hay siete u ocho fotógrafos detrás del vidrio. En la Argentina, esa persecusión no le pasa más que a Susana o Tinelli.
Recientemente, cuando tu hermano Luis se enfrentó con el reportero que le sacó una foto por la calle, tu hermano Sebastián declaró que si Luis había estado mal, él no iba a defenderlo. Fue notable que, a pesar del cariño, tuviera esa capacidad para opinar con objetividad...
Ah, no, pero para nosotros es habitual decirnos todo. Mi mamá también tiene esa relación de sinceridad con mis hermanos y conmigo. Lo que pasa es que, a veces, al opinar públicamente, uno siente que tiene que salir a dar la cara por su hermano. Pero eso también es muy raro...
Más allá del incidente con el fotógrafo, cuando hace declaraciones sobre los demás y sobre sí mismo, tu hermano Luis parece ser dueño de algo que escase en el medio artístico: una gran sinceridad...
Sí, absolutamente. Y a veces, a mí me hace sufrir, porque yo soy de no ofender, de ponerme en el lugar del otro. Pienso que no hay que hablar mal de nadie públicamente; no vale la pena. Creo que hay ciertas opiniones que no es necesario decirlas en un diario, porque son agresivas. En ese sentido, a veces Luis se equivoca, y después se da cuenta de que se equivocó.
¿Y no será que en este mundo se perdona menos a quienes se equivocan por exceso de sinceridad que por abundancia de hipocresía?
Sí, lo que decís es cierto. Suele pasarme con gente que conozco y que sé lo que piensa de otra persona, y cuando leo lo que declaran sobre esa persona, me digo: ‘no puede ser... ¿Cómo no le da vergüenza?’. A mi hermano Luis, lo adoro, tenemos una relación muy cercana. Pero en el caso de la sinceridad extrema, también me pongo en el lugar del que, de pronto, abre el diario, y encuentra con que lo criticó alguien que casi ni se cruzó en la vida... Eso duele, por más que salgas a decir que no te importa, siempre duele. Para mí, hay que tener cuidado con lo que se dice públicamente.
¿Preferís cuidarte para no herir?
¿Te digo la verdad? Yo creo que hay que hablar de uno y de lo que uno hace, porque lo que hacés, muestra quién sos. No hay necesidad de ofender al otro para diferenciarte de él. El otro está ahí: el que quiere lo consume, y el que no, no. Pero no se gana nada hablando mal del otro; es una guerra gratuita.