Eiji Oue sorprendió con renovadas lecturas de obras muy transitadas
La Filarmónica, dirigida por el japonés, tuvo como plus a Eddie Daniels como solista
Orquesta Filarmónica de Buenos Aires . Director: Eiji Oue. Solista: Eddie Daniels, clarinete. Programa: Barber: Adagio para cuerdas; Jorge Calandrelli: Concierto para clarinete de jazz y orquesta; Beethoven: Sinfonía Nº 7 en La mayor, Op. 92. Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy buena
Eiji Oue lo hizo de nuevo. Si en la presentación de la semana anterior había maravillado con sus lecturas e interpretaciones sobre una obra tan conocida como la Sinfonía Patética, de Tchaikovsky, en esta ocasión volvió a demostrar una capacidad admirable para releer y aportar nuevas miradas, por cierto, muy convincentes, a otras dos obras tan transitadas, como el Adagio para cuerdas, de Barber, y la Séptima Sinfonía, de Beethoven.
Con todo, y sin restarle ningún mérito ni elogio a Oue, inconducente e injusto por donde se lo mire, para muchos, este cronista incluido, el valor agregado de este concierto era el de la presencia de Eddie Daniels, sin dudas, el clarinetista de jazz más brillante de las últimas décadas.
Y, precisamente, fue el extenso espacio de Daniels el menos favorecido de la noche, aunque no por las asombrosas capacidades técnicas y musicales del músico estadounidense, sino por las calidades del repertorio escogido.
Para este programa, el director japonés decidió cambiar la sempiterna disposición de las cuerdas de la Filarmónica, aplicando, en su lugar, la distribución de las orquestas sajonas, con las cuerdas graves en el centro, los violines primeros y segundos enfrentados en el proscenio y los contrabajos sobre la izquierda, por detrás de los primeros violines. A juzgar por el resultado del Adagio , la alineación funcionó porque la obra sonó fantástica. Con un tempo excesivamente lento y un sonido de exactitudes milimétricas, Oue, con sus gestualidades de alta teatralidad, partió desde la tenuidad más mínima para alcanzar, luego de un crescendo meticuloso e impecable, un clímax intenso y muy expresivo. La primera maravilla de la noche había tenido lugar. Después, otro mundo, llegó Daniels y un trío de jazz para hacer el Concierto para clarinete de jazz, de Calandrelli.
Es difícil encontrarle demasiados valores relevantes a la obra del compositor argentino. Con componentes provenientes de diferentes tradiciones, música del cine, sonoridades bartokianas, melodismos de ciertas músicas populares, rítmicas stravinskyanas y de músicas danzables y mucho del mundo del jazz, tal vez el mayor déficit de la obra sea la carencia de alguna unidad estilística ante tanta diversidad.
Con todo, Daniels se apoltronó con su instrumento en el centro del escenario y se dedicó a irradiar sonidos mágicos, sorprendentes e increíbles, endiablados o angelicales, según la necesidad. El pasaje para clarinete y trío de jazz del segundo movimiento, por supuesto, fue el pasaje de mayor efectividad y contundencia.
Fuera de programa -como lo había hecho "Chucho" Valdés, en 2003, con su cuarteto, luego de tocar también con la Filarmónica-, Daniels armó un minirrecital de jazz, con las cuerdas de la orquesta como un colchón muy secundario. Con piano, bajo y batería, Daniels ofreció tres piezas. La primera partió desde una versión jazzística del Solfeggietto, de Carl Philipp Emanuel Johann Sebastian Bach. La segunda, Tango nova , de su autoría, una especie de habanera, y, por último, sin la orquesta, un cuarteto con Daniels empuñando el saxo tenor junto con el trío de piano, bajo y batería que conformaron Guillermo Romero, Jerónimo Carmona y Oscar Giunta.
Sin piloto automático
Pasada la ráfaga jazzística, Oue volvió a ocupar el podio y a demostrar que entre las rutinas y él no hay puntos de contacto. Sin poner ningún tipo de piloto automático para hacer la Séptima Sinfonía, de Beethoven, el director, evadiendo todos los lugares comunes que las interpretaciones comúnmente reiteran sin demasiados fundamentos, brindó una ejecución muy personal. Por caso, en el segundo movimiento, Oue hizo exactamente un allegretto, tal como lo indicó Beethoven, en lugar de los usuales cuasi andantes que son empleados casi de norma para posibilitar alguna expresividad romántica poco beethoveniana. Para alcanzar sus objetivos, por supuesto, de principio a fin, Oue contó con la mejor disposición y todas las eficiencias de los músicos de la Filarmónica. En el final, luego de una ejecución muy dramática, de afinación y exactitudes irreprochables, se descerrajó una ovación estruendosa, exactamente la que la orquesta y su director se merecían.