Concierto VII de la XI edición del Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea organizado por el Complejo Teatral de Buenos Aires. Programa: Música improvisada . Intérpretes: Lucio Capece (clarinete bajo y saxofón preparados), Keith Rowe (guitarra sobre mesa) y Toshimaru Nakamura (tablero de mezcla). En el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC).
Acaso existan, al menos, dos maneras de concebir la improvisación musical. Una sigue una estrategia, un plan que no conspira contra la indeterminación de aquello que los ejecutantes tocan. Otra es una continua huida hacia adelante, una improvisación sobre nada que se parece bastante a un salto al vacío. La segunda es sin duda la más riesgosa (sobre todo cuando se prescinde de la melodía y del ritmo) y es la que eligió el trío integrado por el saxofonista argentino Lucio Capece, el guitarrista inglés Keith Rowe y el japonés Toshimaru Nakamura que se presentó en el CETC como parte del Ciclo de Música Contemporánea del Complejo Teatral de Buenos Aires.
En el itinerario musical de Rowe hay una explicación posible de los procedimientos que se escucharon en el concierto. Tras una temprana tentativa por imitar a Charlie Christian y Jim Hall, emblemas de la guitarra en el jazz, Rowe advirtió sus propias limitaciones respecto de esa tradición y empezó a trabajar con una guitarra preparada -dispuesta además sobre una mesa-, un poco a la manera en que John Cage lo había hecho con el piano. Deudor de cierta vertiente del free jazz de la década del sesenta, como la del saxofonista Albert Ayler, que violentaba su instrumento y privilegiaba la especulación tímbrica en lugar de la escala temperada, Rowe se dedicó a indagar la materialidad del sonido (incluso el ruido) ante el ordenamiento melódico de las notas y, luego de su contacto con el compositor Cornelius Cardew, se internó en las técnicas aleatorias.
Nakamura, por su parte, es uno de los representantes más eminentes del onkyo (reverberación de sonido), una técnica electroacústica de improvisación libre surgida en Japón hacia los años noventa. Trabaja con una consola cuyos cables de salida están conectados a los de entrada, lo que produce una retroalimentación incesante.
Música improvisada es, en verdad, una performance en la que, como ocurre, por ejemplo, con la pieza Pression, de Helmut Lachenmann, resulta decisiva la observación de los músicos en acción. Atiborradas de cables y pantallas de computadora, tres mesas iluminadas con la luz tenue de unos veladores arman la escena y deparan una imagen a mitad de camino entre el laboratorio y el taller. Allí trabajaban los intérpretes.
El enigma de los sonidos
Todo empieza con un susurro remoto del saxo, asordinado por una tapa plástica. Los ruidos de la sala -toses, movimientos- se integran también en la improvisación. No hay jerarquías en el trío y la improvisación queda librada a la conexión imprevisible entre los músicos. Con una notebook adelante, Rowe procesa los sonidos y opera sobre la guitarra con delicadeza quirúrgica. Usa un resorte que, adosado a las cuerdas, produce ruidos azarosos en su contacto rotatorio y pendular con las cuerdas, mientras Nakamura trama desde las perillas de la consola un fondo infinito con la textura rugosa de las interferencias radiales. Se trata de una meseta sonora sin silencios a la que, sin embargo, el silencio acecha implacable. En cierto momento, al promediar el concierto, se produce un crescendo que, apenas insinuado, se hunde nuevamente en el mínimo ruido de fondo (cuyas fuentes suelen ser imprecisas) que domina la improvisación. Por momentos, Nakamura y Rowe forman algunas figuras rítmicas insistentes contra las que Capece interviene con el clarinete bajo. A lo largo de todo el espectáculo, Capece recorre todos los efectos imaginables, desde la manipulación de las boquillas hasta la emisión de aire sin nota, pasando por el frotamiento de un arco de violín sobre la campana del saxo.
Hasta que Nakamura da por terminada la presentación cuando apaga el velador de su mesita, los eventos sonoros parecen sucederse de manera inmotivada, aunque sin duda les deben todo al refinamiento y a la altísima concentración de los intérpretes. El resultado deja, sin embargo, un resto de lúcida insatisfacción. Desde ya, no es lícito pretender que una improvisación precipite en la organización definitiva de una composición escrita. Pero en este caso la interacción del trío logró sólo ocasionalmente construir una forma. Es cierto que la defección es una experiencia enigmática y aun apasionante; tan cierto como que las ideas estéticas que justifican una obra son a veces más interesantes que sus avatares sonoros.