Crítica The Pixies Tocó en el Luna Park la banda favorita de Kurt Cobain.
Va de nuevo: sin Pixies, Nirvana no hubiera existido.
Sin Pixies y una docena de bandas criadas en el under yanqui de los ‘80, de las que este cuarteto de Boston despega por haber nacido en cuna de oro: a un año de haberse formado, ya tenían un mini-elepé ( Come on Pilgrim , 1987) editado por el prestigioso sello indie 4AD. Después, con discos como Surfer Rosa (1988) y Doolittle (1989) terminaron de homologar una música sofisticadamente primal, hecha de girones y gritos, de un primitivismo novedoso y nada afectado. Sonaban como si un culto herético hubiera olvidado sus textos sagrados y tratado de recomponerlos a golpe de guitarra-bajo-batería. Después, esa frescura quedaría también olvidada en los posteriores Bossanova (1990) y Trompe Le Monde (1991), culpa de la persistencia de la práctica y las giras. Y más tarde, llegó la separación Recién en 2004, estos inspiradores gnomos volvieron a coincidir en los escenarios de todo el mundo, ya usufructuando a tiempo completo el rol de leyenda y sin llegar a completar nuevo material. Su llegada a Buenos Aires, en ese caso, fue más tardía aún que la de Ramones y su escenografía tan inexistente como un limbo entre la desidia y la austeridad. La camisa cuadriculada que el cantante Black Francis lució el miércoles por la noche arrimó tanto el recuerdo proto-grunge de John Fogerty (Creedence) como al héroe post-punk americano Mike Watt (Minutemen): el equivalente rockero de un overol. A sus flancos, el guitarrista Joey Santiago reintroduce como yeites sus propios inventos y sigue sonando casi virgen, mientras la bajista Kim Deal parece una lesbiana esquimal dispuesta a sostener el esqueleto sonoro con su bajo e improvisar lo poco que tienen que decir al público.
Y atrás, al centro, el baterista David Lovering simplemente cumple. Juntos, en pocos metros cuadrados, sin dispersarse demasiado, la de Pixies recuerda a la disposición táctica de Neil Young & Crazy Horse, tocando amontonados, como avivando un fuego, sin oxigenar demasiado. La diferencia es que el sonido Pixies no sale tanto de la combustión, sino de las destartaladas visiones de Black Francis, que encabeza la procesión, como pidiendo que los demás se incorporen rápido y lo sigan a la marcha, sin apagar el motor, con el tema Vamos como caso testigo. Así se producen vacíos armónicos que hasta pueden sonar groseros, pero que terminan siendo el aire para el inminente derrape. Esta miasma sonora, derramada sobre un público entregado como pocas veces, posibilitó la unánime sensación de EVENTO, con el bonus de una lista ideal (doce de los quince temas de Doolittle, por ejemplo) y un bis a luces prendidas, desafiando los horarios esclavos.
Como suele suceder, lo que para la banda consistió en una exhibición de rutina, para muchos resultó una noche extraordinaria.